La política admite cambios de opinión. De hecho, sería preocupante que nadie pudiera revisar posiciones, corregir errores o modificar criterios con el paso del tiempo. El problema aparece cuando esos cambios no son explicados y chocan de frente contra afirmaciones categóricas realizadas apenas unos años antes.
La designación de Adrián Ravier como nuevo vocero presidencial es uno de esos casos.
Porque no se trata de alguien con quien Javier Milei haya mantenido diferencias menores o discusiones académicas propias del mundo liberal. Estamos hablando de una persona a la que el actual presidente calificó públicamente como un "imbécil total", además de cuestionar su formación y capacidad intelectual. Sin embargo, hoy considera que reúne las condiciones necesarias para ocupar uno de los cargos comunicacionales más importantes del Gobierno.
La pregunta no es si Ravier está capacitado o no para ejercer la función. La pregunta es otra: ¿qué cambió?
¿Milei se equivocaba cuando lo insultaba? ¿O se equivoca ahora al confiarle la vocería presidencial?
La contradicción sería apenas una anécdota si se tratara de un caso aislado. Pero ocurre exactamente lo contrario. Lo llamativo es que cada vez resulta más difícil encontrar dirigentes, funcionarios, economistas, periodistas o referentes políticos que no hayan sido objeto de algún agravio presidencial en algún momento.
Patricia Bullrich fue duramente cuestionada antes de convertirse en una de las principales figuras del Gobierno. Luis Caputo recibió críticas severas antes de transformarse en ministro de Economía. Daniel Scioli fue blanco de innumerables descalificaciones antes de sumarse a la administración libertaria. Y la lista podría seguir.
En realidad, la novedad ya no es que Milei insulte. La novedad es que tarde o temprano muchos de los insultados terminan ocupando cargos relevantes.
El caso de Manuel Adorni también aporta elementos interesantes para entender esta lógica. Tras meses de polémicas, declaraciones controvertidas y cuestionamientos públicos, el Gobierno decidió reemplazarlo como vocero presidencial. Sin embargo, lejos de tomar distancia, Milei decidió mantenerlo dentro de la estructura oficial.
Es una señal política llamativa. Si Adorni sigue contando con la confianza presidencial, ¿por qué dejar de ser vocero? Y si el desgaste fue suficiente para justificar un reemplazo, ¿por qué conservarlo en otros espacios de poder?
Las preguntas se acumulan porque las explicaciones escasean.
Lo mismo sucede con Ravier. Nadie espera que un presidente mantenga enemistades eternas. Tampoco que sea incapaz de reconocer virtudes donde antes veía defectos. Pero cuando alguien pasa de ser un supuesto "imbécil total" a convertirse en la voz oficial del Gobierno, la sociedad tiene derecho a preguntarse qué ocurrió en el medio.
Más aún cuando el propio Milei construyó buena parte de su identidad política sobre la idea de que él decía verdades incómodas que nadie se animaba a decir. Si aquellas descalificaciones eran sinceras, cuesta entender muchos de los nombramientos actuales. Y si no lo eran, entonces surge otra inquietud: ¿cuántos de esos insultos fueron simplemente recursos discursivos destinados a la confrontación permanente?
Quizás allí esté el verdadero problema.
Porque las contradicciones no dañan solamente la credibilidad de quienes las protagonizan. También erosionan el valor de la palabra pública. Cuando alguien puede pasar de ser un inútil a convertirse en funcionario, de ser un desastre a transformarse en aliado, o de ser un enemigo a ocupar un despacho oficial, el mensaje que queda es que las descalificaciones ya no describen a las personas. Son apenas herramientas circunstanciales de una batalla política.
Y cuando todo termina siendo relativo, también terminan perdiendo valor las palabras con las que se pretende juzgar a los demás.