Cada 25 de Mayo, la Argentina vuelve simbólicamente a aquel Cabildo de 1810 donde un grupo de hombres decidió romper con la resignación y empezar a construir un destino propio.
La Revolución de Mayo no fue solamente un cambio institucional: fue, ante todo, una declaración de principios. La idea de que los pueblos podían gobernarse a sí mismos, defender sus intereses y proyectar un futuro común basado en la libertad y la dignidad.
Doscientos quince años después, la pregunta inevitable es si aquellos preceptos siguen vivos o si quedaron reducidos a actos escolares, escarapelas y discursos protocolares.
Los hombres de Mayo no pensaban igual entre sí. Había liberales, conservadores, comerciantes, militares y sacerdotes. Pero existía una convicción compartida: la necesidad de construir una Nación soberana, capaz de decidir por sí misma y de garantizar un horizonte de progreso para su pueblo.
La independencia no era únicamente separarse de España; era también terminar con los privilegios de unos pocos y abrir paso a una comunidad política más justa.
Hoy, la Argentina parece atravesada por una contradicción permanente entre aquel ideal colectivo y una realidad marcada por la fragmentación social, el descreimiento y el enfrentamiento constante. La pobreza estructural, la inflación persistente, la pérdida del poder adquisitivo, la crisis educativa y el deterioro institucional muestran un país donde millones de ciudadanos sienten que el esfuerzo ya no alcanza para progresar.
Y quizás allí aparece una de las mayores distancias con los principios de Mayo: la pérdida del proyecto común.
Algo superior a lo individual
En 1810 existía la conciencia de que había algo superior a los intereses individuales. Hoy, en cambio, gran parte de la dirigencia política parece atrapada en disputas de poder inmediatas, campañas permanentes y una lógica de confrontación que divide más de lo que une. El adversario dejó de ser alguien con ideas distintas para convertirse muchas veces en un enemigo al que hay que destruir.
Sin embargo, reducir el análisis únicamente a la política sería injusto y simplista. La crisis también interpela a la sociedad. La desconfianza, la intolerancia y el individualismo crecieron al calor de años de frustraciones acumuladas. La sensación de que "nadie se salva con nadie" reemplazó muchas veces a la idea de comunidad que impulsó a los revolucionarios de Mayo.
La discusión de fondo no pasa solamente por modelos económicos o por gobiernos circunstanciales. La verdadera pregunta es qué significa hoy la palabra patria. Si sigue siendo un compromiso colectivo o apenas una consigna utilizada según la conveniencia del momento.
Porque los principios de Mayo no se limitaban a la libertad política. También hablaban de responsabilidad, participación y construcción institucional. Mariano Moreno entendía que sin educación y sin debate público no podía existir una ciudadanía libre. Manuel Belgrano defendía el desarrollo económico y la formación de las nuevas generaciones como pilares del crecimiento nacional. Cornelio Saavedra comprendía que ningún proceso político podía sostenerse si ignoraba las tensiones sociales de su tiempo.
La Argentina actual y una reflexión "incómoda"
Mirar la Argentina actual desde aquellos valores obliga a una reflexión incómoda: muchas veces el país parece discutir más cómo sobrevivir al presente que cómo construir el futuro.
Aun así, el 25 de Mayo conserva una fuerza simbólica enorme. Porque recuerda que la Argentina nació en medio de incertidumbres, divisiones y conflictos, pero también de coraje político y esperanza colectiva. La Revolución de Mayo no garantizó automáticamente una Nación exitosa; abrió un camino que todavía sigue en construcción.
Quizás el verdadero desafío de este tiempo sea recuperar aquella noción de destino compartido. Entender que ninguna transformación profunda puede sostenerse sobre el odio permanente ni sobre la indiferencia social. Y asumir que defender la patria no consiste solamente en invocar símbolos nacionales, sino en trabajar para que la libertad, la igualdad de oportunidades y la dignidad de los ciudadanos dejen de ser promesas inconclusas.
Porque cada 25 de Mayo no sólo conmemora lo que fuimos capaces de hacer en 1810. También interpela lo que estamos haciendo hoy con esa herencia.
Y si nos preguntáramos por un instante si la clase política argentina está a la altura de los desafíos de los hombres de Mayo, la respuesta, probablemente, sea que gran parte de la dirigencia política argentina no está hoy a la altura del desafío histórico que enfrenta el país. Y no se trata solamente de un gobierno o de una oposición en particular, sino de un problema más profundo y estructural que atraviesa a buena parte del sistema político.
La generación de Mayo entendía que ejercer el poder implicaba asumir riesgos, construir consensos y pensar más allá de la coyuntura inmediata. En cambio, la política contemporánea parece muchas veces dominada por la lógica de la urgencia electoral, el impacto mediático y la confrontación permanente. La discusión pública suele girar alrededor de escándalos, operaciones, agravios o disputas de poder, mientras problemas centrales como la pobreza, la calidad educativa, la informalidad laboral o el deterioro institucional permanecen sin soluciones de fondo.
La dirigencia argentina parece haber perdido, en muchos casos, la capacidad de ofrecer horizontes colectivos. Y cuando una sociedad deja de visualizar un futuro posible, aparece el desencanto, la apatía o incluso la bronca como forma de expresión política.
Eso explica también fenómenos contemporáneos como el ascenso de figuras disruptivas como Javier Milei. Su llegada al poder no puede entenderse únicamente como adhesión ideológica, sino también como consecuencia del agotamiento de una parte importante de la sociedad frente a décadas de promesas incumplidas, privilegios políticos y crisis recurrentes. Milei capitalizó el rechazo a una dirigencia percibida como distante de los problemas reales de la gente.
Pero el problema no termina allí. Incluso quienes se presentan como "anti casta" terminan enfrentando el mismo desafío histórico: demostrar si pueden construir instituciones sólidas y políticas duraderas o si quedan atrapados en la lógica de la confrontación constante. La historia argentina muestra que los liderazgos basados exclusivamente en la polarización pueden generar adhesión intensa, pero también profundizar divisiones y dificultar acuerdos esenciales.
Y justamente ahí aparece otro déficit de la política actual: la incapacidad de generar consensos mínimos. Los hombres de Mayo tenían diferencias profundas, pero entendían que existía un objetivo superior. Hoy, muchas veces, el sistema político parece incapaz de acordar políticas de Estado básicas que trasciendan gobiernos y partidos.
También sería injusto caer en un pesimismo absoluto. La democracia argentina ha resistido crisis económicas, estallidos sociales y enormes tensiones institucionales desde 1983. Eso demuestra que, pese a sus falencias, todavía existen mecanismos de representación y una sociedad que sigue participando políticamente. El problema es que esa energía social muchas veces encuentra una dirigencia más preocupada por administrar el presente que por proyectar el futuro.
Por eso, la pregunta de fondo no es solamente si la clase política está a la altura. También es si la sociedad argentina está dispuesta a exigir una dirigencia diferente: más preparada, más austera, menos personalista y más comprometida con objetivos comunes.
El desafío del 25 de Mayo sigue siendo exactamente el mismo que en 1810: construir una Nación. La diferencia es que hoy la independencia ya no se juega contra una corona extranjera, sino contra la decadencia, la fragmentación y la incapacidad de pensar un proyecto colectivo duradero.