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Opinión

Cuando el león tapa la bandera

En una oficina del bloque de La Libertad Avanza en el Anexo de Diputados se reemplazó un ploteo con la bandera argentina por una imagen violeta de un león abrazando la cúpula del Congreso.

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El león imponente sobre el Congreso. Crédito: Infobae.
Xavier María Ferrera Peña

Por Xavier María Ferrera Peña

La bandera no es decoración. Es el símbolo nacional por excelencia. El propio Estado argentino define a la bandera, el escudo y el himno como los símbolos que representan a la Nación; además, la normativa indica que la Bandera Nacional debe permanecer enarbolada de forma permanente en los edificios públicos. El Congreso, por su parte, no es un local partidario, ni una unidad básica libertaria, ni un comité de campaña: es la sede del Poder Legislativo de una nación que constitucionalmente adopta una forma representativa, republicana y federal.

Por eso el problema no es el león. El problema es qué tapa el león. Cuando un símbolo partidario desplaza visualmente a un símbolo nacional dentro de un edificio del Estado, la señal es inequívoca: la facción se coloca por encima de la Nación. No es rebeldía estética. Es apropiación simbólica del espacio público. Es la idea de que el Estado no pertenece a todos, sino al movimiento que circunstancialmente lo ocupa.

En términos políticos, el mensaje es de una torpeza casi confesional: donde debería estar la Argentina, aparece la marca personal del presidente Donde debería haber una referencia común, aparece una iconografía de tribu. Donde debería primar la República, aparece la liturgia del líder. Y eso, en un gobierno que convirtió el marketing político en doctrina, no puede ser leído como casualidad.

El gesto, además, no cae en el vacío. Milei ha declarado públicamente su admiración por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, incluso en el delicadísimo caso de Thatcher, figura inseparable para la memoria argentina de la Guerra de Malvinas. Esa admiración no es un dato menor: ordena una sensibilidad política. El presidente parece más cómodo reivindicando íconos del neoliberalismo anglosajón que cuidando los símbolos elementales de la identidad nacional argentina.

A eso se suma una política exterior de alineamiento cada vez más explícito con Estados Unidos e Israel. El Gobierno celebró un memorándum con Israel que presenta como paso clave para consolidar lazos estratégicos y colaboración intensiva en Defensa y Seguridad. También hubo una postal reciente de Milei a bordo del portaaviones estadounidense USS Nimitz, en el marco de ejercicios militares conjuntos, presentada como parte de una alianza política, económica y militar con Estados Unidos.

Así, el león violeta en Diputados deja de ser una anécdota y se vuelve síntoma. No es apenas “mal gusto”. Es la estética de un poder que no disimula su deseo de reemplazar los símbolos compartidos por símbolos propios. Es la vieja lógica de las “relaciones carnales”, pero recargada con épica de redes sociales, marketing libertario y una teatralidad de cruzada ideológica.

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Y el cuadro se completa con una referencia moral inquietante: Milei llegó a elogiar a los contrabandistas y a mencionar a Al Capone como uno de sus “grandes héroes”, según registros periodísticos de una entrevista previa. Ese dato no es decorativo. Revela una concepción profunda: la ley, el impuesto, el Estado y lo común son vistos no como pacto social, sino como obstáculos a vencer. Si el evasor puede ser héroe, entonces la bandera también puede ser reemplazada por la mascota partidaria. Todo responde a la misma matriz: desprecio por lo común, idolatría de la fuerza individual y reducción de la Nación a escenografía.

La imagen del león abrazando la cúpula del Congreso es particularmente grave por su composición simbólica. No muestra un partido dentro del Congreso. Muestra un símbolo partidario envolviendo al Congreso. No dialoga con la institución: la captura visualmente. No acompaña a la República: la rodea. No representa pluralidad: representa dominio.

La pregunta de fondo es sencilla: ¿qué idea de país expresa un gobierno que en el Congreso prefiere un león violeta antes que la bandera argentina? La respuesta es incómoda, pero clara: expresa una Argentina subordinada a una identidad de facción, una República convertida en escenario de marca, una soberanía degradada a fondo de pantalla.

Lo lapidario es esto: cuando un oficialismo empieza a sentirse más representado por su animal totémico que por la bandera de su país, el problema ya no es decorativo. Es institucional, cultural y político.

Porque una cosa es ganar una elección. Otra, muy distinta, es creer que por haber ganado una elección se puede ocupar simbólicamente la Nación.

Y ahí está el límite: el Congreso no es del león. No es de Milei. No es de La Libertad Avanza.

El Congreso es de la República Argentina. Y la República Argentina todavía tiene bandera.

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