"Érase una vez en América" (1984), la monumental obra final de Sergio Leone, no es simplemente una película de gánsteres; es un canto del cisne al sueño americano y una meditación agridulce sobre el tiempo, la memoria y la pérdida de la inocencia. Es una ópera wagneriana sobre la condición humana, una meditación barroca sobre el tiempo, la traición y la naturaleza elusiva del “sueño americano”. Una película de gran talla y recomendable al 100%, pero no ha tenido buena publicidad, ni siquiera ha sido muy conocida entre el público en general y hasta hay personas que no están al tanto de su existencia. Incluso, entre las que lleguen a leer esto, se enterarán en estas líneas de tal película. La última que realizó Leone.
Estrenada en 1984, tras años de gestación, la película es un vasto mural que abarca cuatro décadas cruciales de la historia de los Estados Unidos. A través de la lente de David "Noodles" Aaronson (Robert De Niro), un gánster judío que regresa a Nueva York tras décadas de exilio autoimpuesto, Leone teje una epopeya que abarca desde la infancia en el Lower East Side de los años 20 hasta la opulencia corrupta de los años 60. La película, en su versión original de casi cuatro horas, es un fresco inabarcable que, como el cine mismo, congela y distorsiona el tiempo, dejándonos con una sonrisa final tan enigmática como desoladora.
La arquitectura narrativa
La estructura narrativa es, quizás, la decisión más audaz y definitoria de Leone. Al rechazar la cronología lineal en favor de un montaje que salta salvajemente entre 1920 (infancia), 1933 (Ley Seca y el clímax de su poder) y 1968 (la vejez y el ajuste de cuentas), el director nos obliga a habitar la mente fragmentada de Noodles. No estamos viendo una historia objetiva, sino una reconstrucción subjetiva.
La narrativa de Leone es deliberadamente no lineal, saltando entre tres períodos cruciales de la vida de los personajes. Esta estructura fracturada no es un capricho estilístico, sino el núcleo temático del filme. El tiempo, implacable, erosiona la lealtad, la amistad y los ideales. La película comienza con un teléfono que suena incesantemente en la conciencia de Noodles, un recordatorio eterno de la traición que marcó su vida y la de su amigo Max (James Woods). El uso de flashbacks y flashforwards sumerge al espectador en la mente fragmentada de un hombre que intenta reconciliar su pasado violento con un presente vacío, un hombre atrapado en los fantasmas de su memoria.
Este laberinto temporal no es un truco posmoderno, sino la esencia del tema central: el tiempo es el verdadero antagonista. Las transiciones entre épocas, a menudo suaves y oníricas (como el fundido del ojo infantil de Noodles al ojo adulto de De Niro), sugieren una fluidez donde los errores del pasado se sienten tan inmediatos como una bala. El uso de la elipsis y la superposición de épocas crea una sensación de fatalismo inevitable.
La corrupción del poder
En el corazón de la historia late la compleja relación entre Noodles y Max. Lo que comienza como una amistad infantil y una ambición compartida de prosperar en una sociedad que les niega medios legítimos, se transforma en una espiral de codicia y traición. Max, el más ambicioso y despiadado, busca el poder a toda costa, eventualmente cruzando líneas que ni siquiera el renuente Noodles puede tolerar.
La traición final, es un acto desesperado de Noodles para salvar a sus amigos de su propia autodestrucción, pero resulta ser la condena de su alma. La película sugiere que en la búsqueda del "sueño americano", una brújula moral es simplemente un obstáculo.
Esa díada central entre Noodles y Max es el motor emocional del filme. Su relación es una compleja danza de afecto fraternal, lealtad criminal y una envidia corrosiva. Max es la encarnación de la ambición desmedida, el que quiere "llegar a la cima", incluso si eso significa convertirse en el sistema que una vez desafiaron. Noodles, por el contrario, es un soñador que, a pesar de su brutalidad inherente, conserva un código moral rudimentario: nunca delatar a los suyos. La película sugiere que el verdadero poder en Estados Unidos no reside en la resistencia, sino en la asimilación corrupta del sistema.
La pérdida de la inocencia
Las figuras femeninas, especialmente Deborah (Elizabeth McGovern), representan la inocencia y el mundo de posibilidades que los protagonistas pierden. Deborah anhela una vida de arte y respeto, rechazando el estilo de vida criminal de Noodles. La relación de Noodles con ella está marcada por el deseo no correspondido, la idealización y, trágicamente, la violencia. Su violación es un punto de inflexión brutal que sella su destino y el de su relación, mostrando la incapacidad de Noodles para escapar de su naturaleza destructiva.
Las figuras femeninas en la película, aunque menos centrales, actúan como brújulas morales y espejos del fracaso masculino. La visita en la vejez revela a una Deborah que ha triunfado en sus propios términos, pero que también ha pagado un precio, envuelta ahora en la vida política y corrupta de Max.
Eve (Darlanne Fluegel) y Carol (Tuesday Weld) son figuras más trágicas, atrapadas directamente en la órbita de los gánsteres, sufriendo las consecuencias de su ambición y brutalidad. La película presenta un universo donde la inocencia es efímera, simbolizada desde la infancia de los personajes, y la relación con las mujeres está irrevocablemente teñida por la posesividad, el deseo y la violencia.
La estética “leoneana”
La maestría técnica de Leone alcanza su apogeo. El uso del scope (pantalla ancha) convierte cada plano en una pintura meticulosa. La yuxtaposición de primeros planos extremos de rostros sudorosos y ojos que lo dicen todo, con vastos paisajes urbanos o el puente de Manhattan, crea una sensación de intimidad épica.
Y luego está Ennio Morricone. Su banda sonora no es un simple acompañamiento; es la voz del destino. El uso de la flauta de pan para el tema de Noodles, la dulzura melancólica del tema de Deborah y los coros operísticos para los momentos de tragedia elevan la película a la categoría de mito. La música llena los silencios, que Leone utiliza con la misma destreza: el interminable minuto del teléfono sonando al principio es un ejercicio de tensión pura que define el tono de la película.
La sonrisa del opio
El final sigue siendo objeto de un intenso debate. La interpretación del mismo y las teorías desarrolladas alrededor a lo largo de estos años otorgan a la película una buena capa de complejidad filosófica. La realidad se desvanece, y solo queda el mito, la leyenda, el "érase una vez". La música de Ennio Morricone, omnipresente y evocadora, sirve como el latir del corazón de esta memoria rota.
"Érase una vez en América" es un monumento al cine y al genio de Sergio Leone. Es una experiencia visceral y emocionalmente agotadora, que exige paciencia y recompensa con una profundidad que pocas películas alcanzan. Más que glorificar el crimen, expone sus consecuencias devastadoras, explorando la soledad, el remordimiento y la naturaleza ilusoria de la memoria. Es, sin lugar a dudas, una de las mejores epopeyas criminales jamás filmadas, una obra maestra atemporal que se queda grabada a fuego en la conciencia del espectador.