Hay gobiernos que se desgastan lentamente y hay otros que empiezan a vaciarse por dentro. No por un traspié aislado, no por una polémica pasajera, sino porque la sociedad comienza a mirar el presente y a sospechar que detrás de la promesa no había un camino, sino una pared. Eso es lo que deja entrever con nitidez la encuesta de abril de Zuban Córdoba sobre el gobierno de Javier Milei: ya no se trata sólo de una administración discutida, sino de un proyecto político que empieza a ser percibido por amplios sectores como una experiencia de daño.
Pero el golpe más duro no está sólo en el rechazo numérico, sino en la razón de ese rechazo. Entre quienes no volverían a votarlo, el principal motivo es la mala gestión económica, con el 47%. Detrás aparecen las promesas incumplidas, con el 24,7%, y los casos de corrupción, con el 21,5%. La secuencia es reveladora: primero el bolsillo, después la palabra rota y luego la caída del supuesto pedestal moral desde el cual el mileísmo pretendió diferenciarse del resto.
Hay algo todavía más delicado para la Casa Rosada: el desgaste ya se detecta dentro del propio electorado mileísta. Entre quienes votaron a Milei en el balotaje de 2023, un 24,7% afirma que su apoyo disminuyó y un 9,2% que dejó de apoyarlo por completo. Es decir, un 33,9% de su base original se erosionó. Y las causas vuelven a ser una sentencia política: la situación económica explica el 47,7% de esa pérdida de apoyo; las promesas incumplidas, el 18,9%; y el aumento de la corrupción, el 12,7%.
Cuando hasta los propios empiezan a apartarse por razones materiales, éticas y políticas, el problema deja de ser de comunicación. Pasa a ser un problema de verdad. Y la verdad es que el gobierno de Milei parece haber confundido firmeza con insensibilidad, convicción con dogmatismo y orden fiscal con demolición social.
Lo que retrata esta encuesta es más que una baja en la intención de voto. Retrata el inicio de una ruptura entre Milei y una mayoría social que empieza a asociar su gobierno no con la reconstrucción, sino con el sufrimiento inútil. No con el orden, sino con el desamparo. No con la honestidad redentora, sino con un deterioro de credibilidad que perfora incluso el relato moral que le dio origen.
La Argentina conoce demasiado bien el costo de los experimentos mesiánicos. Sabe lo que pasa cuando un gobierno se enamora de su teoría y deja de mirar la calle. Sabe lo que pasa cuando se invoca al pueblo pero se gobierna contra él. Sabe, en fin, que ningún programa económico merece sostenerse si para hacerlo necesita triturar a quienes dice venir a salvar.
El drama de Milei no es sólo que una parte importante de la sociedad ya no quiera reelegirlo. Es que empieza a tomar cuerpo una idea mucho más severa: que el rumbo que eligió no conduce a la prosperidad prometida, sino a un abismo social y moral. Y cuando un gobierno persiste en políticas que van contra su gente real, deja de ser una esperanza fallida para convertirse en una advertencia histórica.
Porque cuando el ajuste deja de ser herramienta y se vuelve doctrina contra el pueblo, ya no hay épica, no hay coraje y no hay futuro: hay apenas un gobierno avanzando, con los ojos abiertos, hacia el abismo.