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Opinión El caso Adorni expone una contradicción que golpea en el corazón mismo del relato libertario

La inocencia fiscal y la culpa política

Llegaron prometiendo transparencia absoluta y terminan refugiándose en mecanismos creados para evitar explicar.

Xavier María Ferrera Peña

Por Xavier María Ferrera Peña

Si Manuel Adorni fuera un dirigente kirchnerista, ningún libertario estaría pidiendo explicaciones: estarían pidiendo la cabeza.

No habría conferencias de prensa justificatorias, ni voceros improvisados, ni interpretaciones jurídicas de ocasión. No habría llamados a la prudencia ni beneficios de la duda. Habría editoriales encendidos, denuncias televisivas, pedidos de investigación y una condena moral inmediata. Y es precisamente por eso que el caso resulta tan incómodo para el Gobierno nacional.

Durante años, Adorni construyó su figura pública sobre una premisa sencilla: los corruptos eran los otros. Los privilegiados eran los otros. Los que no podían explicar su patrimonio eran los otros. Los que utilizaban mecanismos legales para evitar controles eran los otros. Esa narrativa fue una de las bases sobre las que Javier Milei edificó su llegada al poder. No se presentaban simplemente como una nueva fuerza política. Se presentaban como una fuerza moralmente superior.

Y entonces apareció una frase que probablemente resuma mejor que ninguna otra toda esta controversia. Frente a las preguntas sobre su situación patrimonial, Adorni sostuvo que "los argentinos ahorramos en negro".

La frase cayó como una piedra sobre el relato libertario. Porque no fue pronunciada por un comerciante cansado de la presión tributaria ni por un trabajador que sobrevivió a décadas de cepos, confiscaciones y crisis recurrentes.

Fue pronunciada por uno de los funcionarios más importantes del Gobierno nacional.

Por uno de los hombres que construyó su carrera política señalando las inconsistencias ajenas y exigiendo estándares éticos superiores para la función pública.

Nadie desconoce que millones de argentinos guardaron dólares fuera del sistema financiero por miedo a gobiernos irresponsables, corralitos, devaluaciones o confiscaciones. Pero el punto no es ese. El punto es que Manuel Adorni no es un argentino más.

Es un funcionario de altísima responsabilidad institucional. Y cuando un funcionario utiliza como explicación una conducta que durante años habría cuestionado en sus adversarios políticos, el problema deja de ser fiscal para convertirse en político.

Por eso la discusión actual trasciende a la persona de Adorni. Lo que está bajo la lupa no es solamente la situación de un funcionario, sino la coherencia de un proyecto político que construyó su legitimidad denunciando los privilegios de la casta y prometiendo una vara ética diferente para la función pública.

En ese contexto aparece la llamada Inocencia Fiscal. El nombre, por sí mismo, constituye una pieza magistral de ingeniería discursiva.

No se llama blanqueo. No se llama regularización patrimonial. No se llama exteriorización de activos. Se llama Inocencia Fiscal. Como si la inocencia pudiera otorgarse por decreto. Como si una herramienta administrativa pudiera reemplazar las explicaciones que la sociedad reclama. Como si el problema fuera la pregunta y no la respuesta.

Allí aparece la contradicción más profunda del relato libertario. Porque el mismo Gobierno que llegó prometiendo terminar con los privilegios termina impulsando mecanismos que flexibilizan controles y facilitan regularizaciones patrimoniales. Y porque uno de sus funcionarios más emblemáticos aparece vinculado precisamente a ese esquema.

Tal vez todo sea legal. Tal vez ninguna investigación concluya en una condena. Tal vez ningún juez encuentre delito alguno.

Mirá también: Candomblé, sacrificios y oscuridad en la religión - Diego Ramos en Dos Generaciones, Una entrevista

Pero la política no se agota en los expedientes judiciales. La política también se mide en ejemplaridad.

La corrupción no comienza necesariamente cuando un magistrado firma una sentencia. Comienza cuando quienes ejercen el poder creen que las reglas deben aplicarse únicamente a los demás. Comienza cuando la vara moral deja de ser la misma para todos. Comienza cuando las explicaciones se vuelven insuficientes y cuando el relato pretende reemplazar a la transparencia.

Durante años, dirigentes libertarios, comunicadores afines y ejércitos de militantes digitales repitieron hasta el cansancio una frase: "No somos lo mismo". Hoy esa misma frase vuelve como un boomerang. Porque cuando aparecen cuestionamientos patrimoniales, bienes que generan interrogantes públicos y mecanismos especiales para regularizar situaciones fiscales, la discusión deja de ser económica y se vuelve ética. Y cuando la discusión es ética, la vara debe ser exactamente la misma que se utilizó para juzgar a los demás.

Si un dirigente kirchnerista hubiera protagonizado una situación similar, los libertarios no estarían reclamando cautela. Estarían exigiendo renuncias. No estarían hablando de derechos fiscales. Estarían hablando de corrupción.

No estarían pidiendo esperar los resultados de una investigación. Estarían dictando sentencia desde el primer minuto.

Por eso el problema de Adorni no es solamente jurídico. Es político. Y más profundo aún: es simbólico. Porque Javier Milei construyó su liderazgo sobre una idea poderosa: ellos eran distintos. Distintos de la vieja política. Distintos de quienes utilizaban el Estado para beneficio propio. Distintos de quienes exigían transparencia mientras escondían información. Distintos de quienes reclamaban honestidad pública mientras pedían indulgencia privada.

Sin embargo, cuando uno de sus principales alfiles termina envuelto en cuestionamientos patrimoniales y encuentra cobertura política en una herramienta creada por el propio Gobierno, la pregunta deja de ser qué hizo Adorni.

Javier Milei construyó músculo político diciendo que ellos eran distintos.
Javier Milei construyó músculo político diciendo que ellos eran distintos.
La verdadera pregunta es otra: ¿eran realmente distintos o simplemente todavía no les había llegado el turno? Y hasta se podrían sumar otros casos emblemáticos de denuncias por corrupción, como la que hizo el extitular de la Andis, que incluso involucra a Karina Milei.

La historia argentina está llena de dirigentes que llegaron prometiendo barrer la corrupción. También está llena de dirigentes que terminaron explicando por qué las reglas que exigían para los demás no debían aplicarse sobre ellos mismos.

La inocencia fiscal podrá figurar en una ley, en una reglamentación o en un formulario. La inocencia política, en cambio, no la concede ningún decreto. La conceden los hechos, la coherencia y la confianza pública.

Y cuando las explicaciones dejan de convencer, cuando los discursos empiezan a contradecirse con las conductas y cuando la superioridad moral deja de ser evidente, la confianza comienza a derrumbarse. A veces lentamente. A veces de golpe. Pero siempre con consecuencias.

Porque la inocencia fiscal podrá regularizar papeles.

La inocencia política, en cambio, jamás se blanquea.

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