Por Dante F. Luna
“Eliminaremos la inflación”. Sin embargo, como otras tantas promesas, entre el dicho y el hecho aparece un trecho bastante grande, difícil de disimular, en el que la realidad voltea el relato.
Desde lo político, la inflación que “come” los bolsillos de los argentinos desde épocas de Raúl Alfonsín, en la que se llegó al extremo de la hiperinflación, suele ser un karma que parece no tener solución.
Siempre se dijo que esto se “equiparaba” con mejores salarios para que no recaiga el consumo y así equilibrar la balanza y que el argentino mantenga viva la economía del país.
¿Y ahora?
En tiempos de Milei, imperan las “fuerzas del mercado”, las finanzas, que los números cierren a como dé lugar, y la inflación sigue vivita y coleando… porque si es que el número no cierra en el 2% que al menos se cree “digno de mostrar como un logro”, para adentro y para afuera –léase FMI–, entonces se retrasa toda aquella fórmula que se quiera aplicar, porque si no, se quedan sin argumento. ¿Cómo hacer para mostrar logros sin conseguirlos? Dibujarlos. Y para muestra basta un botón. Marcos Lavagna no cumplió con las “expectativas” de esta lógica libertaria y “diferencias de criterio”, léase, la medición de inflación iba a dar 3,5% y no 2 o 2,5%, quedó afuera del Indec. Y los mercados reaccionaron con bajas en las acciones argentinas por descrédito.
Ni las “Fuerzas del Cielo” ayudan, en este caso, a mantenerse a flote.
Dijimos al principio que hay una motivación política por mostrar lo bien que estamos de parte del Gobierno, que puede ser legítima desde una perspectiva comunicacional, pero también tiene un costado económico, el más preocupante, que es pisar el dato inflacionario y así pisar los acuerdos salariales y hasta las actualizaciones a los haberes jubilatorios, ajustables por el índice inflacionario.
Y ahí es donde acomodar el número a lo que quieres mostrar se vuelve en contra de los trabajadores que hacen gala de bolsillos cada vez más flacos y que arrastra a los comercios y a las pymes locales a tener que “hacer magia” para mantenerse a flote.
Aquí surge otro componente que se suele usar para justificar que alguien no puede mantener su economía en pie en este país: ser competitivo. Mientras los impuestos te carcomen, los servicios públicos aumentan, las ventas decrecen, más importaciones que entran al país sin pedir permiso, a diestra y siniestra.
Sectores como el turístico vivieron un “éxodo” de veraneantes, producto de que es más barato ir a Brasil que vacacionar en Argentina. O últimamente el textil, al que funcionarios como Luis Caputo primero y Patricia Bullrich después le enrostran a los argentinos lo barato que es comprar ropa en EE.UU.
Así marcha esta Argentina de verano de 2026, entre inflación que no afloja, el consumo que se cae a pedazos y pone en peligro miles de puestos laborales, el salario que quedó congelado y perspectivas de un endeudamiento familiar que parece llevarnos a un callejón sin salida.
Mientras el Gabinete de Javier Milei informa que se subieron los “desactualizados” sueldos de $2.8 millones a $5 millones. Pregunto: ¿Por qué no se ajustaron por el índice inflacionario que ellos quieren hacer respetar a rajatabla en los salarios de todos los argentinos, menos de ellos? ¿Acaso la ley no es pareja para todos? ¿O será que se olvidaron que venían por la casta? Aunque a favor se puede decir que no precisaron a quienes identificaron como tal.
A todo esto, la agenda del Gobierno no pasa por salir en auxilio de los “caídos del cielo libertario”, sino que piensa en reforma laboral con quitas de miles de millones de pesos a las provincias que hace tiempo salieron a cubrir muchas de las necesidades no cubiertas por la Nación o en bajar la edad de imputabilidad de los menores, contra viento e Iglesia, entre otros sectores, que advierten que esta no es la solución.
¿Será que estamos en la lógica del sálvese quien pueda? La ley de la selva, en la que el león ruge sin escuchar nada más que su rugido.