Por Daniel Sandoval
River eliminó a San Lorenzo por penales en los octavos de final del Torneo Apertura después de un partido que tuvo de todo. Sufrimiento, errores, reacción, carácter y una tanda que terminó encontrando al equipo de Coudet abrazado a su gente en el Más Monumental.
Pero más allá de la clasificación, el partido dejó varias lecturas.
Porque River no avanzó jugando bien.
River avanzó sobreviviendo.
Durante gran parte de la noche estuvo abajo en el marcador frente a un San Lorenzo golpeado, irregular y probablemente uno de los más flojos de los últimos años. Y ahí es donde aparece la primera sensación incómoda: ¿cómo puede ser que este River haya sufrido tanto un partido que, en los papeles, debía controlar?
La respuesta quizás esté en el propio presente del equipo.
River reaccionó desde la vergüenza deportiva
Hay partidos que se juegan desde lo futbolístico y otros desde algo más emocional. Y este River, por momentos, pareció jugar desde la vergüenza deportiva.
Porque no podía quedar eliminado de local. No en el Monumental. No contra este San Lorenzo. Y cuando sintió el golpe, reaccionó.
Empató el partido sobre el cierre del suplementario y llevó la serie a los penales casi empujado por esa obligación histórica que tienen los equipos grandes: la de sobrevivir incluso jugando mal.
Y ahí apareció algo que River todavía conserva intacto: el carácter.
No fue una exhibición futbolística. No fue dominio absoluto. Fue otra cosa. Fue un equipo que entendió que estaba al borde de un golpe durísimo y encontró la manera de resistir.
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Beltrán y el síntoma que River no debería ignorar
Santiago Beltrán volvió a ser figura.
Atajó durante el partido, sostuvo al equipo en momentos clave y terminó siendo determinante en los penales, donde contuvo uno y vio cómo San Lorenzo desperdiciaba otro decisivo. Mientras tanto, River convertía y avanzaba pese a los errores de Galoppo y Kendry Páez.
Ahora bien, hay algo interesante detrás de esto.
Que Beltrán sea figura entusiasma muchísimo. Porque River parece haber encontrado un arquero con personalidad, presencia y proyección enorme. Un arquero que tranquilamente puede pelear durante años un lugar importante hasta en la Selección Argentina.
Pero también deja una alarma.
Porque cuando el arquero es constantemente la figura, habla más de los problemas del equipo que de las virtudes individuales.
Y hoy River transmite eso: un equipo irregular, intenso por momentos, pero todavía lejos de ser sólido.
Juanfer, Acuña y los que entendieron el contexto
En noches así siempre aparecen jugadores que entienden lo que se está jugando.
Juanfer Quintero volvió a ponerse el equipo al hombro cuando el contexto quemaba. Pidió la pelota, manejó tiempos y asumió responsabilidades. Lo de Marcos Acuña también fue enorme: jugó como si perder no fuese una opción.
Ese tipo de futbolistas sostienen emocionalmente al equipo cuando el juego desaparece.
Y River hoy necesita mucho de eso.
Porque todavía no encuentra una regularidad colectiva clara. Tiene momentos, tiene ráfagas, pero no logra sostener una idea durante los 90 minutos.
¿River es candidato? Sí… pero no por cómo juega
Acá aparece el debate más interesante.
¿River es candidato después de esta clasificación?
La respuesta es sí.
Pero no por funcionamiento. No por juego. No porque haya arrasado futbolísticamente.
River es candidato porque es River.
Porque tiene historia. Porque tiene mística. Porque incluso en noches malas encuentra maneras de seguir vivo. Y en instancias eliminatorias, eso pesa muchísimo.
Ahora bien, si el análisis es puramente futbolístico, este equipo todavía está lejos de transmitir garantías.
Gana partidos incómodos desde el carácter más que desde el juego.
El Superclásico confundió a Boca y despertó a River
Y acá aparece otra lectura interesante.
El Superclásico maquilló varias realidades.
A Boca lo confundió. Porque la victoria le hizo creer que alcanzaba solamente con el orden y la dependencia de Paredes. Y cuando un rival logra anularlo, Boca pierde demasiado.
A River, en cambio, aquella derrota pareció despertarlo emocionalmente.
Porque desde ese golpe empezó a jugar con otra rebeldía. No necesariamente mejor, pero sí con más orgullo competitivo.
Y eso se volvió a ver contra San Lorenzo.
River puede jugar mal. Puede sufrir. Puede ser irregular. Pero tiene algo que hoy sigue marcando diferencia: nunca deja de competir.
Y a veces, en este tipo de torneos, eso alcanza para seguir avanzando.
Aunque también es cierto que vivir siempre al límite tiene un costo.
Y River todavía no sabe cuánto tiempo más podrá sostenerse así.
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