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Opinión

Un Mundial que sorprende por no encender la pasión del hincha

Por décadas funcionó como un refugio emocional frente a las crisis argentinas. La saturación de problemas parece erosionar la pasión.

Agrandar imagen La fiesta de los campeones en nuestro país.
La fiesta de los campeones en nuestro país.
Dante Federico Luna

Por Dante Federico Luna

En otro tiempo, faltar catorce días para el comienzo de un Mundial habría significado una revolución emocional en la Argentina. Las calles llenas de banderas, publicidades omnipresentes, discusiones futboleras en cada sobremesa y una ansiedad colectiva difícil de disimular. Sin embargo, en la antesala del Mundial 2026, el clima parece distinto: frío, distante, casi indiferente. Y eso resulta llamativo en un país que hizo del fútbol una parte constitutiva de su identidad cultural.

La pregunta entonces no es caprichosa: ¿por qué una sociedad históricamente hiperfutbolera parece hoy desconectada de la máxima cita deportiva del planeta?

La primera explicación probablemente tenga que ver con un fenómeno paradójico: la saciedad emocional. La obtención de la Copa del Mundo en Qatar 2022 significó una explosión simbólica tan enorme que dejó una sensación de plenitud difícil de repetir. Argentina no solo ganó un Mundial; cerró una herida histórica. Lionel Messi levantando la Copa terminó de completar un relato épico que había comenzado décadas atrás con la sombra omnipresente de Diego Maradona.

Aquella conquista fue catarsis, reparación y alivio colectivo. El pueblo argentino lloró, festejó y se abrazó como pocas veces en su historia reciente. Tal vez, después de alcanzar semejante cima emocional, el nuevo Mundial aparece sin el dramatismo existencial de otros tiempos. Ya no hay una deuda pendiente. Ya no existe la obsesión por "volver a ser campeones". El objetivo máximo ya fue cumplido.

Pero sería ingenuo pensar que la explicación es solamente futbolística. La apatía también dialoga con el contexto social, político y económico del país. La Argentina atraviesa un período de fatiga emocional permanente. Inflación, caída del consumo, incertidumbre laboral, tensión política y desgaste social conforman un escenario donde el entusiasmo colectivo parece haberse reducido al mínimo. Cuando la vida cotidiana se vuelve una carrera angustiante para llegar a fin de mes, incluso el fútbol pierde capacidad de centralidad.

Durante décadas, el Mundial funcionó como un refugio emocional frente a las crisis argentinas. Pero hoy ocurre algo distinto: la saturación de problemas parece haber anestesiado incluso la capacidad de evasión. El ciudadano promedio vive absorbido por una realidad demasiado intensa como para entregarse anticipadamente al fervor mundialista.

También existe un cambio cultural profundo. El fútbol ya no se consume igual que hace veinte años. Antes, el Mundial era un acontecimiento excepcional porque el acceso al fútbol internacional era limitado. Hoy, gracias a las redes sociales, plataformas digitales y transmisiones permanentes, los grandes jugadores y las grandes competencias están presentes todos los días. La sobreoferta futbolística erosionó el carácter extraordinario del Mundial.

A eso se suma una transformación generacional. Las nuevas audiencias viven el deporte de manera más fragmentada y menos ritualista. El sentimiento de pertenencia absoluta a la Selección convive ahora con consumos más individualizados: clubes europeos, streamers, videojuegos, apuestas online y contenido instantáneo. El Mundial ya no monopoliza la conversación pública como antes.

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Otro elemento importante es la ausencia de épica. Qatar 2022 tenía todos los componentes dramáticos: el "último Mundial" de Messi, la necesidad de redención tras finales perdidas y la presión histórica sobre una generación marcada por las derrotas. El Mundial 2026, en cambio, aparece sin ese relato emocional tan potente. Incluso la propia Selección campeona transmite una sensación de misión cumplida más que de urgencia competitiva.

Paradójicamente, la tranquilidad puede jugar en contra del entusiasmo. La ansiedad nace muchas veces de la necesidad. Y esta Selección ya logró todo.

Tampoco ayuda el formato mismo del torneo. La expansión a 48 selecciones y la organización compartida entre Estados Unidos, México y Canadá diluyen parte de la mística tradicional. Para muchos hinchas, el Mundial comienza a parecer más un megaevento global comercial que aquella competencia compacta y emocionalmente intensa que paralizaba al planeta.

Sin embargo, conviene no confundir apatía previa con desinterés definitivo. La Argentina sigue siendo un país futbolero hasta la médula. Probablemente el fervor aparezca cuando ruede la pelota, cuando suene el himno y cuando la Selección vuelva a entrar a una cancha. El fútbol argentino tiene algo de religión laica: puede dormirse, pero rara vez desaparece.

Tal vez lo que hoy se percibe no sea el fin de la pasión mundialista, sino una pausa emocional después de haber alcanzado el sueño máximo. Como si una sociedad exhausta, golpeada y emocionalmente saturada todavía estuviera procesando aquella tarde eterna de Lusail en la que, por fin, dejó de perseguir fantasmas.

Porque después de tocar el cielo, incluso la pasión necesita descansar.

La hinchada argentina, una de las más pasionales del mundo.
La hinchada argentina, una de las más pasionales del mundo.

Nunca fue solamente fútbol

La historia argentina demuestra que el fútbol nunca fue solamente fútbol. Mucho menos un Mundial. Cada Copa del Mundo funciona como un fenómeno emocional, cultural y político capaz de alterar prioridades sociales, modificar climas colectivos y hasta suspender, aunque sea temporalmente, las tensiones de la vida cotidiana. Por eso, frente al Mundial 2026, vuelve a emerger una pregunta inevitable: ¿puede el torneo convertirse en una distracción masiva que beneficie circunstancialmente al Gobierno en medio de las dificultades económicas y sociales?

La respuesta exige evitar simplificaciones. No necesariamente existe una manipulación planificada o una utilización deliberada del fútbol por parte del poder político. Pero sí es cierto que los grandes eventos deportivos suelen producir efectos sociales que terminan impactando sobre el humor público y, en consecuencia, sobre el escenario político.

La Argentina ya conoce antecedentes muy profundos de esta relación entre fútbol y poder. El ejemplo más emblemático sigue siendo el Mundial de 1978, organizado por la última dictadura militar en pleno terrorismo de Estado. Mientras el país celebraba la obtención de la Copa del Mundo bajo la conducción de Mario Kempes, el régimen buscaba proyectar hacia el exterior una imagen de normalidad institucional que ocultara desapariciones, torturas y represión. Aquel torneo quedó para siempre atravesado por la sospecha moral de haber funcionado también como una gigantesca operación política.

Sin llegar a extremos comparables, la utilización simbólica del fútbol por parte de los gobiernos democráticos también existió. El deporte tiene la capacidad de generar una emocionalidad colectiva que muchas veces desplaza del centro de la escena otras preocupaciones urgentes. Durante un Mundial, la conversación pública cambia: la inflación, los conflictos políticos o el deterioro social pueden perder espacio frente a la ansiedad deportiva.

No porque la sociedad "olvide" mágicamente sus problemas, sino porque el fútbol ofrece algo valioso en tiempos de crisis: alivio emocional. Siempre a expensas que la "celeste y blanca" tenga un buen desempeño.

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