Los que nos apasionamos por el cine, como arte y espectáculo (en ese orden), sentimos que está atravesando un momento de confusión. Un momento que supo vivirlo en diferentes momentos, pero hoy se encrudece más al ser vivido y revivido constantemente por otros lenguajes y narrativas como lo son internet y las redes sociales. Esos escenarios potencian la herida, porque es una herida en la originalidad que como público esperamos en la industria como tal. No se trata de desmerecer el trabajo realizado hasta ahora o el que se hace en el mismo; no todo está perdido. Lo que pasa es que las luces apuntan hoy en día a lo que vende más; por supuesto, hay que facturar para poder subsistir y, paradoja de la vida, lo que vende es justamente lo que muchos critican de lo que sufre hoy el cine: historias que están agotadas en franquicias, “superproducciones” o “tanques” de acción que repiten modelos de otras que ya tuvieron éxito en su momento, y todo responde a un mismo circuito.
El cine, esa fábrica de sueños que durante un siglo se alimentó de la audacia y lo inesperado, parece haber entrado en una fase de introspección profunda o, para los más escépticos, en un bucle de repetición infinita. En las últimas semanas, las salas de Santiago del Estero han sido testigos de un fenómeno particular: mientras las grandes producciones originales luchan por completar el aforo, el anuncio del reestreno de un clásico remasterizado o la llegada de una secuela de una franquicia de hace tres décadas agota las entradas en cuestión de horas.
Este comportamiento del espectador local no es un hecho aislado, sino el síntoma de una industria, la de Hollywood, que parece haber canjeado el riesgo creativo por la seguridad del balance contable. La tendencia hacia el 2026 refuerza esta idea, con una agenda cargada de universos cinematográficos que se niegan a morir, dejando poco espacio para las voces nuevas que intentan irrumpir en el circuito comercial con historias frescas.
El problema, quizás está -y me hago cargo de la postulación— en que el cine, al ser un negocio, peca justamente de ofrecer lo que más le conviene en el mercado y el público exige lo que debería dar como “arte”, más que como “espectáculo”. Ahora, ¿la gran mayoría del público quiere historias originales o quiere historias que vendan y estén de moda? Bueno, eso solo lo dicen las estadísticas y las ventas duras.
La zona de confort: ¿Por qué elegimos lo conocido?
La pregunta surge inevitable en cada fila de espera frente a las boleterías de los complejos locales: ¿por qué el público santiagueño está dispuesto a pagar una entrada por una película que ya ha visto decenas de veces en la televisión, en el viejo VHS o en plataformas digitales? La respuesta reside en la zona de confort cinematográfica. El cine no es solo imagen y sonido; es un ancla emocional. Ver de nuevo un clásico en pantalla gigante permite al espectador recuperar una parte de su pasado, una sensación de seguridad en un mundo que cambia a una velocidad vertiginosa y, a menudo, angustiante.
Elegir "lo de siempre" es una apuesta sin riesgo de pérdida. En una época de presupuestos familiares ajustados, el espectador prefiere la garantía de una historia que ya sabe que le gusta, que le hizo llorar o reír, en lugar de aventurarse a una trama desconocida que podría decepcionarlo. Hollywood lo sabe y, ante la alarmante falta de ideas originales que logren conectar con el inconsciente colectivo, decide reciclar sus viejas glorias para asegurar la taquilla. Se trata de una "economía de la nostalgia", donde el recuerdo vende más que la innovación.
El "efecto algoritmo" y la muerte de la sorpresa
Gran parte de esta crisis creativa tiene su origen en el sillón de casa. Las plataformas de streaming han maleducado al espectador con algoritmos que solo sugieren "contenido similar a lo que ya viste". Esta burbuja digital ha erosionado la capacidad de asombro; ya no vamos al cine a descubrir, sino a confirmar lo que ya nos gusta. El algoritmo mata el azar, la curiosidad y la experimentación, y sin esos elementos, la vanguardia artística simplemente se asfixia.
El streaming ha convertido al cine en un "producto de consumo rápido", una mercancía efímera donde la novedad dura apenas un fin de semana antes de ser sepultada por otro estreno algorítmico. Ante esta saturación de contenido mediocre y visualmente genérico, la pantalla grande sobrevive gracias a la espectacularidad de los reestrenos. La liturgia del cine —la oscuridad total, el silencio compartido, el sistema de sonido envolvente— se siente más auténtica cuando lo que se proyecta es una obra que ha resistido la prueba del tiempo, algo que los lanzamientos "descartables" de las plataformas de streaming rara vez logran emular.
El vacío de guiones y la crisis de la autoría
Otro factor determinante es la crisis de los guionistas y la falta de nuevos "autores" con peso comercial. La industria actual prefiere invertir 200 millones de dólares en una quinta parte de una saga de acción que 10 millones en un guion original e inteligente. Esta aversión al riesgo ha provocado una fuga de cerebros hacia las series de televisión o el cine independiente de bajo presupuesto, dejando a los complejos de cine masivo con una oferta repetitiva de héroes con mallas y explosiones CGI.
En Santiago, como en el resto del mundo, el público percibe este vacío. La sensación de que "todas las películas de hoy se ven iguales" es una queja recurrente en las redes sociales. Por eso, cuando aparece un título como El Padrino, Jurassic Park o Pulp Fiction en cartelera, el espectador siente que está frente a un evento cultural real, frente a una pieza de artesanía narrativa que los efectos especiales modernos no han podido superar en alma y sustancia.
Hacia un 2026 de franquicias: ¿Hay luz al final del proyector?
Las proyecciones para el próximo año no parecen cambiar el rumbo de manera drástica. La industria estadounidense apuesta fuerte por la expansión de universos ya existentes: desde superhéroes que regresan de la jubilación hasta precuelas que intentan explicar minuciosamente lo que el espectador prefería dejar a la imaginación. La expectativa por el cine de 2026 se construye sobre nombres familiares, secuelas innecesarias y "remakes" con un lavado de cara tecnológico.
Sin embargo, esta saturación de contenido derivado podría ser el catalizador de una nueva rebelión creativa. La historia del cine nos enseña que, tras periodos de estancamiento y comercialismo extremo, siempre surge una generación de cineastas dispuesta a romper el molde, tal como sucedió en la década del 70 con el Nuevo Hollywood. Mientras tanto, el público seguirá celebrando el regreso de sus clásicos favoritos, recordándonos que, aunque Hollywood haya perdido temporalmente el guion de la originalidad, la magia de sentarse frente a una pantalla sigue siendo el mejor refugio posible contra la rutina del presente.