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Opinión

San La Muerte y el espejo de una sociedad que debe aprender a convivir

La polémica por la imagen de La Bajada no puede reducirse al miedo ni a una condena religiosa. En una sociedad democrática, la fe católica, la religiosidad popular, el agnosticismo y las creencias marginales están obligadas a convivir.

Agrandar imagen Santa Bernadette Soubirous.
Santa Bernadette Soubirous. Crédito: El Catolicismo.
Xavier María Ferrera Peña

Por Xavier María Ferrera Peña

La aparición de una gigantesca imagen de San La Muerte en La Bajada, departamento Banda, volvió a poner a Santiago del Estero frente a una discusión que excede largamente una estatua. La obra, levantada en un predio cercano a la Ruta 1, fue descripta como una estructura de gran porte, vinculada a un espacio de devoción popular donde también aparecen figuras como el Gauchito Gil y Mama Antula. Nuevo Diario informó que el artista Miguel Ángel Nazar detalló que la escultura tiene 13 metros de altura, está hecha en cemento y posee una estructura firme.

La reacción pública no tardó. Hubo sorpresa, temor, curiosidad, rechazo y también defensa de quienes entienden esa imagen como parte de una promesa, de una búsqueda espiritual o de una forma de religiosidad popular. En ese marco, el cardenal Vicente Bokalic Iglic, arzobispo de Santiago del Estero, difundió un mensaje crítico sobre la presencia de expresiones católicas mezcladas con prácticas que la Iglesia considera ajenas al cristianismo. Pero hay un dato central que no debería perderse: la carta comienza dirigida “a los fieles de la Arquidiócesis de Santiago del Estero”. Es decir, su primer destinatario no es la sociedad entera, sino la comunidad católica bajo su responsabilidad pastoral.

Ese punto cambia el debate.

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Bokalic está en todo su derecho de hablarles a los católicos. Puede advertirles, desde la doctrina de la Iglesia, que la fe católica no debe mezclarse con prácticas esotéricas, mágicas o sincretismos religiosos. De hecho, en su comunicado remarca que la Iglesia entiende que la fe en Jesucristo no debe buscar seguridades en elementos mágicos ni en creencias contrarias al Evangelio.

El problema aparece cuando una advertencia pastoral se transforma, por efecto mediático o por prejuicio social, en una suerte de sentencia pública contra todos. Porque una cosa es decirles a los católicos practicantes “esto no forma parte de nuestra fe” y otra muy distinta es sugerir, directa o indirectamente, que aquello que no encaja en la doctrina católica debe ser visto por la sociedad como una amenaza, una desviación o una forma inferior de creencia.

La Argentina no es un templo. Es una república.

La Constitución Nacional sostiene el culto católico apostólico romano, pero también reconoce a todos los habitantes el derecho de profesar libremente su culto. Esa convivencia entre una tradición católica histórica y una garantía amplia de libertad religiosa es parte del pacto constitucional argentino. Además, el artículo 19 protege las acciones privadas que no ofendan el orden ni la moral pública ni perjudiquen a terceros.

Por eso, en términos civiles, la pregunta no debería ser si San La Muerte resulta agradable, inquietante, “horrendo” o compatible con el catecismo. La pregunta democrática es otra: ¿hay daño concreto a terceros? ¿hay delito? ¿hay usurpación? ¿hay engaño? ¿hay sacrificios, violencia, coerción o explotación de la vulnerabilidad? Si esas cuestiones existieran, deben investigarse con documentos, pruebas y autoridad competente. Pero si lo único que hay es una devoción que incomoda a una mayoría religiosa o cultural, entonces el límite no lo puede poner el espanto.

Porque el espanto es subjetivo.

A un católico, la imagen de San La Muerte puede parecerle incompatible con su fe. A un agnóstico, en cambio, también puede resultarle perturbadora y horrorosa la exposición de reliquias, huesos de santos o cuerpos preservados en urnas de vidrio. El santuario de Santa Bernadette Soubirous en Nevers informa que, tras su beatificación, el cuerpo de Bernadette fue colocado en una urna de vidrio en la capilla del convento de Saint-Gildard, luego de haber sido hallado intacto durante el proceso de exhumación.

Para la Iglesia, eso puede ser signo de santidad, veneración y memoria espiritual. Para un no creyente, puede tener una zona de morbo, de fascinación mortuoria, de contacto inquietante con el cadáver. Y sin embargo, nadie serio debería proponer prohibir esas prácticas por el solo hecho de que a otros les resulten perturbadoras.

Ahí está el espejo molesto.

Lo que para una tradición religiosa es sagrado, para otra puede ser supersticioso. Lo que para una comunidad es devoción, para otra puede ser paganismo. Lo que para un creyente es reliquia, para otro puede ser un resto humano exhibido. Lo que para algunos es una imagen protectora, para otros es una figura oscura. Si cada grupo pretendiera convertir su sensibilidad estética o doctrinal en regla pública, la convivencia se volvería imposible.

La propia Iglesia conoce esa tensión. El Vaticano, en su Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, reconoce el valor de la religiosidad popular, pero también advierte sobre la necesidad de purificarla cuando deriva en confusiones, supersticiones o sincretismos. Es decir, incluso dentro del mundo católico la piedad popular no se resuelve con desprecio, sino con discernimiento pastoral.

Ese debería ser también el tono social.

San La Muerte no necesita ser aceptado por la Iglesia para estar protegido por la convivencia democrática. Tampoco necesita ser aprobado por los agnósticos, por los católicos, por los evangélicos o por los indiferentes. En una sociedad plural, las creencias no se legitiman porque gusten, sino porque las personas tienen derecho a sostenerlas mientras no dañen derechos de otros.

Ese es el corazón del asunto.

La discusión pública no puede ser “San La Muerte sí” o “San La Muerte no”. Esa es una discusión de fe, no de ciudadanía. La discusión pública debe ser cómo convivimos los que creemos distinto, los que no creemos, los que dudamos, los que rezamos, los que miramos con distancia, los que vemos símbolos donde otros ven amenazas y los que vemos amenazas donde otros dicen encontrar consuelo.

En ¿En qué creen los que no creen?, Umberto Eco y Carlo María Martini ensayaron precisamente ese territorio de encuentro. No escribieron para borrar las diferencias entre un intelectual laico y un cardenal católico, sino para mostrar que la convivencia madura empieza cuando nadie pretende aplastar al otro con su verdad. La sinopsis editorial presenta el libro como un ejemplo de respeto mutuo y comprensión, centrado en los valores del hombre contemporáneo, los límites de la vida humana y el sentido de la fe.

Ese diálogo ofrece una clave para Santiago.

El católico puede decir: “para mi fe, esto no corresponde”.

El agnóstico puede responder: “para la vida pública, eso no basta para condenarlo”.

El devoto popular puede afirmar: “esto forma parte de mi promesa, de mi dolor, de mi esperanza”.

El Estado debe contestar: “mientras no haya delito ni daño, ninguna creencia será perseguida por no gustarle a otra”.

Esa es la convivencia difícil. La que no se resuelve con gritos. La que exige separar doctrina de derecho, fe de imposición, temor de evidencia, moral religiosa de libertad civil.

Bokalic habló como pastor. Sus palabras tienen sentido dentro del universo católico. Pero fuera de ese universo no pueden ser tomadas como vara universal de legitimidad social. La Iglesia puede cuidar la ortodoxia de sus fieles. Lo que no puede hacer una sociedad democrática es convertir esa ortodoxia en una frontera de ciudadanía.

Porque hoy puede ser San La Muerte. Mañana puede ser el Gauchito Gil. Después una ceremonia evangélica, una práctica umbanda, una meditación oriental, una procesión popular, una imagen pagana, una promesa familiar o un altar doméstico. El problema no es si nos gusta. El problema es si estamos dispuestos a vivir con lo que no nos gusta sin pedir que desaparezca.

La madurez social empieza ahí.

Santiago del Estero, tierra profundamente religiosa, también es tierra de mezclas, promesas, duelos, santos, vírgenes, rezos, supersticiones, procesiones, dolores y esperanzas populares. Pretender ordenar todo ese mundo con una sola categoría doctrinal sería desconocer la complejidad espiritual de la provincia.

La imagen de La Bajada podrá ser discutida. Podrá incomodar. Podrá investigarse si alrededor de ella hay conflictos dominiales o hechos concretos que merezcan intervención judicial. Pero no debería ser usada para habilitar una cacería simbólica contra quienes creen de otro modo.

La libertad de culto no se prueba cuando toleramos lo que nos parece bello. Se prueba cuando aparece algo que nos resulta extraño, incómodo, feo o ajeno. Ahí se ve si creemos de verdad en la convivencia o si solo la defendemos cuando no nos desafía.

Y tal vez esa sea la pregunta más seria que deja esta polémica.

No qué dice San La Muerte sobre Santiago.

Sino qué dice Santiago de sí misma cuando se encuentra frente a una fe que no entiende.

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San La Muerte La Bajada Banda
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