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Un "Colorado hijo de mil p...", ¿nuevo jefe de gabinete de Milei?

Algo que resulta muy difícil de explicar es por qué quienes antes eran presentados como corruptos, incapaces o parte de "la casta" ahora aparecen como hombres y mujeres indispensables para transformar la Argentina.

Hay frases que envejecen mal.

Y después están las que regresan para recordarle a quien las pronunció que internet tiene memoria.

Si Diego Santilli termina ocupando la Jefatura de Gabinete, Javier Milei deberá convivir con una de las contradicciones más grandes desde que llegó a la Casa Rosada. No por la capacidad del dirigente bonaerense. Tampoco por su trayectoria política. Sino por algo mucho más simple: durante años fue el propio Milei quien hizo todo lo posible por convencer a los argentinos de que Santilli representaba exactamente aquello contra lo que decía luchar.

"No hay nadie que no diga que es un corrupto", escribió alguna vez en la red social X.

En otra publicación fue todavía más lejos.

"El colorado hijo de mil puta de Santilli...".

No fue un exabrupto aislado. Era el Milei de entonces. El que no negociaba. El que aseguraba que la política tradicional era un entramado de privilegios, corrupción y complicidades del que había que escapar.

El problema es que, con el paso del tiempo, muchos de aquellos nombres comenzaron a aparecer cada vez más cerca suyo.

Patricia Bullrich fue, quizás, el caso más emblemático.

Durante la campaña la llamó "montonera tirabombas", la responsabilizó de "poner bombas en jardines de infantes" durante los años setenta y aseguró que representaba todo lo que estaba mal en la política argentina.

Hoy es una de las funcionarias más importantes de su administración.

Luis Caputo tampoco escapó a los cuestionamientos. Antes de asumir la Presidencia, Milei lo había señalado por su participación en gobiernos anteriores y por decisiones económicas que criticaba con dureza. Sin embargo, terminó confiándole el Ministerio de Economía, convirtiéndolo en una de las figuras más influyentes del gabinete.

Algo similar ocurrió con Federico Sturzenegger.

Durante años fue uno de los economistas asociados al gobierno de Mauricio Macri, experiencia que Milei calificaba como un fracaso rotundo. Sin embargo, hoy ocupa un ministerio estratégico y se transformó en uno de los principales ejecutores del programa de desregulación estatal.

La lista podría seguir.

Lo llamativo ya no es que Milei incorpore dirigentes provenientes de otros espacios políticos. Gobernar obliga muchas veces a construir mayorías, negociar y ampliar equipos.

Lo verdaderamente llamativo es la violencia con la que descalificó a muchos de ellos antes de abrirles la puerta de su propio Gobierno.

Porque una cosa es cambiar de estrategia.

Otra muy distinta es pasar de considerar a alguien un símbolo de la decadencia política a convertirlo, de un día para otro, en un colaborador imprescindible.

Los dirigentes tienen derecho a cambiar de opinión.

También los presidentes.

Lo que resulta más difícil de explicar es por qué quienes antes eran presentados como corruptos, incapaces o parte de "la casta" ahora aparecen como hombres y mujeres indispensables para transformar la Argentina.

Quizás el verdadero problema no sea Santilli.

Ni Bullrich.

Ni Caputo.

Ni Sturzenegger.

Quizás el problema sea que el Milei que insultaba a todos construyó una vara moral tan alta que hoy su propio Gobierno no consigue pasar por debajo de ella.

Porque cuando se acusa a alguien de ser el rostro de la corrupción, de la decadencia o de la vieja política, ya no alcanza con estrecharle la mano para borrar las palabras.

Las redes sociales no olvidan.

Y la hemeroteca tampoco.

Javier Milei Diego Santilli
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