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Un réquiem vibrante para los vivos en “Coco”: una metáfora de la memoria y la ausencia, ante la muerte y el amor

Por WEC (Ilustrador digital y Periodista) - Un análisis profundo desde las tradiciones ancestrales en relación con la música y el carnaval para “honrar” a los difuntos.

"No muere lo que no se olvida", una frase que, al leerla o escucharla, muchos la relacionarán con la película o les quedará resonando en la mente. Hasta que en un momento de "epifanía", los llevará a recordar la película, y si no la vieron, les generará curiosidad mirarla. Me refiero a "Coco" (2017), una de las grandes producciones y películas animadas que logró una muy buena crítica y reseña por parte de especialistas y del público. Es de esas películas que no te cansas de ver, o que en algunos momentos necesitas retomar.

Porque habla de un tema que nos atraviesa como humanos, desde lo psicológico, lo social y lo cultural. Y en ella conlleva mucho de las raíces culturales, de las tradiciones ancestrales que se mantienen intactas a lo largo de los años, y que somos pequeños, minúsculos, ante esas disposiciones que la misma historia de cada región nos plantea.

El folclore que nos expone la película habla de nuestros tabúes, de nuestras tradiciones, creencias, de nuestras fiestas, de nuestras alegrías y de nuestras tristezas. Cómo cada comunidad enfrenta ambas sensaciones.

Pixar logra la hazaña: convertir la muerte en una sinfonía de color, música y emoción. Lejos de ser una película infantil más, Coco, la obra maestra de Lee Unkrich y Adrián Molina de 2017, se erige como una profunda, compleja y madura reflexión sobre la memoria, la ausencia y la trascendencia del amor. No es solo un homenaje a la rica y vibrante cultura mexicana y su tradicional Día de Muertos; es una clase magistral sobre cómo abordar el duelo y la pérdida con esperanza, dignidad y mucho ritmo. Es, en esencia, un recordatorio cinematográfico de que los lazos familiares son eternos.

 

La historia

Rememorando, la historia se centra en Miguel Rivera, un niño de 12 años con una pasión irrefrenable por la música, a pesar de que su familia de zapateros la ha prohibido estrictamente durante generaciones. Creyendo ser descendiente del legendario cantante Ernesto de la Cruz, Miguel desafía a su abuela y, en un giro mágico durante el Día de Muertos, es transportado accidentalmente al vibrante y espectacular Mundo de los Muertos.

Allí, con la ayuda del simpático y desesperado esqueleto Héctor, Miguel se embarca en una carrera contra el tiempo para encontrar a su tatarabuelo, obtener su bendición y regresar a casa antes del amanecer, o quedarse atrapado para siempre.

Técnicamente, Coco es una proeza. La animación de Pixar alcanza nuevas cotas de detalle y color. El Mundo de los Muertos es un carnaval visual, lleno de arquitectura fantástica, luces de cempasúchil (flor de muerto) y personajes esqueletos diseñados con una vitalidad asombrosa. La paleta de colores es rica y saturada, un contraste deliberado con la vida en el pueblo de Santa Cecilia, lo que subraya la magia del entorno sobrenatural.

 

El tabú convertido en carnaval

La genialidad de "Coco" reside en su valiente y luminosa aproximación al más grande de los tabúes humanos: el fin de la vida. La narrativa occidental tradicionalmente envuelve la muerte en sombras, miedo y solemnidad. Coco subvierte esta noción. En lugar de presentarnos la muerte como un vacío oscuro y temible, la película nos sumerge en el vibrante y efervescente Mundo de los Muertos, un lugar bullicioso, lleno de luces de cempasúchil y actividad constante.

Los esqueletos, lejos de ser figuras aterradoras de películas de terror, son personajes entrañables, vestidos con galas, llenos de personalidad, humor y, paradójicamente, una vitalidad palpable. Este universo visualmente deslumbrante funciona como una metáfora poderosa y accesible para todas las edades: la muerte no es un cese, sino una transición. La película desarma el miedo a lo desconocido, proponiendo un espacio donde los lazos familiares rotos pueden reconstruirse y donde la existencia continúa mientras seamos recordados en el mundo de los vivos. La "otra vida" es, en esencia, un reflejo perpetuo y colorido de la vida que dejamos atrás.

 

La ausencia y la metáfora

El verdadero motor dramático y el núcleo emocional de la trama no es la muerte física (pues todos los personajes "muertos" están perfectamente bien en su mundo), sino la "muerte final": el olvido total. A través del conmovedor arco del personaje de Héctor, un alma desesperada por cruzar el puente de pétalos antes de desvanecerse en la nada, la película explora la angustia existencial de la ausencia total.

Pixar utiliza el "olvido final" como la pena máxima, el castigo definitivo. El mensaje es claro y universal: el duelo no es superar la pérdida y borrar al ser querido, sino aprender a vivir con su ausencia física, manteniendo viva su esencia y su memoria. La película sugiere que el verdadero purgatorio es la indiferencia, y la salvación, el recuerdo activo, amoroso y la transmisión de historias a las nuevas generaciones. El olvido se siente, en la sala de cine, como una amenaza real y absolutamente desgarradora, mucho más potente que cualquier tumba o cementerio. Nos recuerda nuestra propia mortalidad y nuestro deseo de trascender a través de la memoria de quienes amamos.

 

La música: un puente eterno

La música actúa como el hilo conductor, el lenguaje universal y el catalizador emocional de la historia. No es un mero acompañamiento diegético; es el pegamento que une a los mundos y a las personas. La prohibición de la música en la familia de Miguel es, de hecho, una metáfora del silenciamiento de la historia familiar y la negación del duelo.

La canción "Recuérdame" ("Remember Me"), ganadora del Óscar y piedra angular de la trama, es el ancla emocional de la película, funcionando en múltiples niveles narrativos: como una balada de despedida de un padre a su hija pequeña, como una canción de cuna que sella una promesa, y finalmente, como la clave maestra para sanar heridas generacionales, restaurar la identidad y traer la paz.

La música es la prueba tangible y audible de que el amor, cuando se expresa, se siente y se recuerda, nunca muere. Es la "metáfora del amor después de la vida" hecha melodía. En la escena final, cuando Miguel le canta a Mamá Coco, la música no solo rompe el silencio del olvido inminente, sino que físicamente reaviva el alma de Héctor en el otro mundo. Es un momento de pura magia cinematográfica que demuestra que el arte y la emoción son los únicos vehículos capaces de trascender la barrera entre la vida y la muerte.

 

Más que un éxito

La música juega un papel protagónico y esencial. La banda sonora, que incluye la icónica y oscarizada canción "Recuérdame", no solo es pegajosa, sino que está intrínsecamente ligada al desarrollo narrativo.

"Coco" es, en resumen, mucho más que un festín visual y un éxito de taquilla. Es una obra maestra necesaria que nos recuerda, con una lágrima inevitable y una sonrisa en el rostro, que mientras haya alguien que cuente tu historia, mire tu fotografía en el altar o cante tu canción, la vida sigue. Un triunfo del cine de animación que aborda el final de la vida celebrando la existencia. Porque el amor trasciende los tiempos, las fronteras demográficas y culturales. Ese verdadero amor es la historia que se convierte en memoria con la música. Porque los lazos de amor, de familia y de seres queridos nunca mueren, porque trascendemos la existencia temporal mundana para existir eternamente en la memoria de los otros, y a través del amor en esa existencia, trascendemos, nos volvemos inmortales.

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