Lo que en la Semana Santa de 1996 arrancó como un intento de fuga, terminó mutando en el motín más sanguinario y perverso de la historia carcelaria argentina. El 30 de marzo a las 14.30, la calma de la prisión bonaerense de Sierra Chica se quebró por completo. El preso Marcelo Brandán Juárez entró a la oficina de control, le pidió usar el teléfono al empleado administrativo Daniel Echeverría, y abrió paso para que otro recluso irrumpiera con una pistola Ballester Rigaud calibre 11.25 que habían ingresado de contrabando.
Rápidamente tomaron a los guardias de rehenes e intentaron escalar el muro perimetral del penal, pero fueron interceptados por los disparos del guardia Walter Vivas. En el intenso tiroteo de repliegue cayó muerto uno de los trece amotinados. Los sobrevivientes, haciendo una cínica referencia a la fecha religiosa que transitaban, se bautizaron a sí mismos como los "12 Apóstoles": Brandán Juárez, Miguel Ángel Acevedo, Jorge Pedraza, Carlos Gorosito Ibáñez, Marcelo González Pérez, Jaime Pérez Sosa, Víctor Esquivel, Oscar Olivera Sánchez, Carlos Villalba Mazzey, Héctor Cóccaro Retamar, Marcelo Vilaseco Quiroga y Héctor Galarza Nannini.
Al no poder ganar la calle y bajo los efectos del "pajarito" —una bebida alcohólica de fabricación casera a base de levadura, agua hervida y frutas que destruye las inhibiciones—, los sediciosos volcaron toda su furia hacia el interior de la cárcel. El objetivo central fue saldar cuentas con la banda liderada por Agapito Lencina, a quienes acusaban de abusar de las mujeres de otros presos durante las visitas. La cacería fue a matar o morir. Encontraron a Lencina, lo ejecutaron a puñaladas y la locura llegó al punto de usar su cabeza decapitada para jugar al fútbol en el patio.
Rehenes de alto perfil, túneles y el rol de Duhalde
El descontrol carcelario obligó a intervenir a la Justicia. A las 21.50, la jueza de Azul, María de las Mercedes Malere, ingresó al penal junto a su secretario, Héctor Torrens, el director del penal, Omar Palacios, y el director de Seguridad, César Caruso. "Se están mandando una soberana cagada", les advirtió la magistrada. La respuesta fue letal. "Doctora, vamos a hacer otra cosa", le retrucó Jorge Pedraza, mientras Brandán Juárez le apuntaba al pecho y le gritaba: "¡Vamos para adentro!".
Alojaron a los 17 rehenes en el sector de Sanidad. A la jueza la arrastraron de los pelos hacia los techos, usándola como escudo humano bajo la amenaza de tirarla al vacío si las fuerzas de seguridad intentaban retomar los pabellones. Afuera, el caos se multiplicaba con 10.000 presos amotinados en cárceles de La Plata, Azul, Batán y San Nicolás en apoyo a la rebelión.
La crisis jaqueó al entonces gobernador Eduardo Duhalde. El mandatario llegó a planificar la toma del penal por asalto, pero frenó la orden para evitar una carnicería monumental. "Solo vamos a reprimir como respuesta a un eventual intento de fuga o para defender las vidas de los rehenes. No hay que agravar la situación" declaró, apostando al desgaste psicológico. Los reclusos llegaron a exigir un helicóptero para huir, mientras la Inteligencia del Servicio Penitenciario, mediante el uso de radares, descubría que estaban cavando un túnel hacia el exterior. Para bloquearles la salida subterránea, los efectivos inundaron el conducto con 15.000 litros de agua.
Empanadas humanas y los hornos crematorios
Adentro, la barbarie superaba los límites humanos. Ante la falta de comida, los cabecillas utilizaron la panadería del penal para deshacerse de los cuerpos de sus enemigos y, al mismo tiempo, fabricar alimento. El ex convicto Ariel Acuña Mansilla confesó en el juicio posterior que mutilaron el cuerpo de Lencina y usaron su carne para hacer empanadas.
El guardia rehén Oscar Iturralde confirmó el espanto en los tribunales: declaró que Miguel "Chiquito" Acevedo le ofreció dos empanadas y, cuando el penitenciario le dijo que estaban un poco dulces pero ricas, el líder soltó una carcajada y le gritó: "¡Te comiste un rocho!". El morbo era absoluto. Héctor Cortés, jefe de registros de internos, atestiguó haber escuchado a los presos festejar a los gritos: "¡Nos estamos comiendo a Cepeda!".
Tras ocho días de locura extrema, el 7 de abril llegó la rendición. Sin margen operativo, los amotinados entregaron el penal a cambio de ser trasladados a otra prisión por miedo a ser ejecutados en venganza y exigir el cómputo del "dos por uno" en sus condenas.
Cuando los peritos ingresaron al recinto, la panadería estaba perfectamente ordenada, pero el horno continuaba encendido a 80 grados. "Mi gente entraba por turnos de diez minutos para no asfixiarse", relató Jorge Tonelli, jefe de investigaciones técnicas. Entre las cenizas encontraron las piezas dentales que confirmaron la cremación de Agapito Lencina, Víctor Gaitán Coronel, Luis Romero Alameda, Daniel Niz Escobar, José Cepeda Pérez, Palomo Polieschuk y Mario Barrionuevo Vega. Sumado a Julio Aguiles Maillet, asesinado a puntazos, la masacre se cerró con un saldo de ocho muertos.


















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