La neutralidad política supone la prohibición de un Estado o una organización a realizar cualquier manifestación política.
Este principio adquiere especial relevancia en entornos en los cuales se promueve un ambiente pacífico y libre de cualquier connotación política que pueda llegar a afectar los valores promovidos, como en este caso se da por la FIFA en la competencia más popular. Conforme al artículo 28.1 del Reglamento de las competiciones de la FIFA, prohíbe expresamente que jugadores y oficiales exhiban mensajes o lemas políticos.
El torneo finalizó este domingo 19 de julio por la tarde, pero sin embargo tuvieron lugar diversos hechos que invitan a cuestionar el principio promovido por la FIFA y si se aplica correctamente y de manera uniforme.
Es de público conocimiento que la sede de esta competencia fue Estados Unidos y un aspecto que merece especial atención es que, con la elección del presidente Trump en comienzos de 2025, se han proyectado políticas más restrictivas en relación con la inmigración.
Irán fue una de las naciones más afectadas respecto a encontrarse en la lista de los países que tienen fuertes restricciones debido a la seguridad nacional, impidiendo que la selección iraní pueda alojarse y transitar libremente en el territorio estadounidense. Ello plantea un interrogante relevante: si la competencia pretende mantenerse políticamente neutral, ¿hasta qué punto resulta compatible que decisiones estatales condicionen la participación efectiva de una selección?
Otra situación relacionada con el seleccionado iraní sucedió con el popular “pride match”: un evento llevado a cabo por el comité local de SeattleFWC2026, el cual se disputaría durante el partido entre Egipto e Irán en promoción de los derechos de la comunidad LGBTIQ+. La Federación de Futbol iraní presentó una queja con su descontento respecto de la actuación y pidió que se cancelara. Considero que el optar por no hacer también es manifestarse políticamente —en este caso, la negativa a disputar el partido bajo esas condiciones— y la FIFA decidió mantener el Pride Match pese al reclamo iraní, lo que, en mi opinión, volvió a poner en debate el alcance de dicho principio.
La neutralidad política no se la puede tomar como un concepto vacío; debe ser aplicada, interpretada y puesta en práctica en criterios claros y uniformes para todos los participantes. Respecto a los dos casos mencionados, se puede ver cómo, a pesar de tratarse de un evento deportivo, en el cual la política no debería tener participación, siempre está presente.
En las federaciones, los Estados y las comunidades hay política, ¿cómo podríamos dejarla de lado cuando todo el mundo nos está viendo? Si la política atraviesa a los Estados, las federaciones y a los propios deportistas, ¿es realmente posible excluirla por completo de un evento deportivo de alcance mundial? ¿Qué tan correcto es prohibir las manifestaciones políticas dentro de la competencia cuando a veces de eso se trata? Son algunos de los interrogantes a los cuales todavía no les encuentro respuesta.
Desde una perspectiva jurídica, el problema no radica en determinar si las decisiones adoptadas fueron correctas o incorrectas, sino en evaluar si el principio de neutralidad política fue aplicado de manera coherente frente a situaciones sustancialmente distintas.
La política atraviesa inevitablemente el deporte, y la Copa del Mundo demostró lo difícil que es aislarla de la política y aplicar la neutralidad de manera uniforme. Precisamente por ello, el verdadero desafío de la FIFA no consiste en proclamar la neutralidad política, sino en aplicarla con criterios objetivos, previsibles y uniformes. De lo contrario, el principio deja de ser una garantía de igualdad para convertirse en una herramienta susceptible de interpretaciones selectivas.