Crecimos intoxicados por una narrativa de catástrofe romántica. Nos vendieron la idea de que el amor verdadero —ese que sale en las películas y en las canciones de desamor trágico— tiene que ser incondicional. Nos enseñaron que si es auténtico, resiste huracanes, perdona lo imperdonable, no pone condiciones y, sobre todo, "lo aguanta todo".
¿El resultado social de este dogma? Legiones de personas atrapadas en relaciones que funcionan como centros de rehabilitación emocional, donde se confunde peligrosamente la resiliencia con el masoquismo afectivo, y el verbo amar con el de aguantar.
A veces se intenta justificar este ideal diciendo que "así debería ser", bajo la premisa romántica de que existen vínculos incuestionables. Pero la realidad se encarga de desmentirlo: ni siquiera en los terrenos que se suponen sagrados o automáticos —como los vínculos familiares— el amor es una garantía incodicional. La vida misma nos demuestra a diario que los afectos reales no se sostienen por decreto ni por inercia; las familias se rompen, los vínculos se desgastan y el abandono existe.
Trasladar la exigencia de la incondicionalidad a las relaciones de pareja adultas es un error que traba el vínculo y lo vuelve profundamente tóxico. Exigir incondicionalidad entre pares es anular el contrato básico de la reciprocidad. Es pedirle al otro que nos quiera a pesar de cómo lo tratamos, de cómo descuidamos el vínculo o de que la relación se haya convertido en un espacio insano. Traduce el encuentro adulto —que debería basarse en la elección consciente y el cuidado mutuo— a una especie de prueba de fe donde el que más sufre, más ama.
Los destrozos que este mito deja a su paso son silenciosos pero profundos. Primero, destruye nuestros límites: nos convence de que poner un límite claro es ser "egoísta" o "poco comprensivo". Segundo, mata la reciprocidad, ya que asume que el otro estará ahí inmutable sin importar cuánto descuidemos la conexión. Y tercero, nos inyecta una culpa crónica: cuando una pareja se rompe o decidimos irnos porque ya no somos felices, sentimos que hemos "fallado" al mandato sagrado del amor eterno.
Es hora de cambiar las coordenadas. El amor sano, maduro y sostenible sí tiene condiciones. Y esas condiciones no son cláusulas frías de un contrato corporativo, sino estándares básicos de respeto, paz mental y bienestar emocional. El amor adulto dice: "Te amo, pero no a costa de mi salud mental; te elijo, pero este comportamiento vulnera nuestro acuerdo de cuidado".
Cuando creemos que el amor lo aguanta todo, lo único que logramos es normalizar el desgaste. Y lo que aguanta todo, tarde o temprano, se rompe por dentro.
Ya es momento de desinflar un poco el mito del amor épico y empezar a valorar el amor cotidiano: ese que no nos pide que nos inmolemos en nombre de la pasión, sino que nos invita a crecer, a elegirnos todos los días y, sobre todo, a cuidarnos. Dejemos de buscar un amor que nos aguante todo, y empecemos a construir uno que nos haga mejores.
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Paula Cussa Litvak, Licenciada en Psicología (MP 956), egresada de la Universidad Nacional de Córdoba, con una sólida formación en el marco del Psicoanálisis. Mi práctica clínica se centra en el acompañamiento a jóvenes y adultos, brindando un espacio orientado a abordar los desafíos de la subjetividad contemporánea y las problemáticas vinculares actuales.
Actualmente, me encuentro finalizando un posgrado en Sexología y Problemáticas Vinculares, lo cual me permite integrar herramientas específicas para el abordaje de la sexualidad y las dinámicas relacionales con un enfoque psicoanalítico.
Celular: (351) 3992335
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