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Opinión Informe Exclusivo

De la “pizza con champagne” al algoritmo: cuando la política se vuelve casting

Todo puede pasar en "La República del camarín". Del espectáculo al Estado sin pasaporte, de la mano de la nueva política que actúa como la de los 90.

Xavier María Ferrera Peña

Por Xavier María Ferrera Peña

La irrupción de figuras de TV, espectáculo, deporte y celebridad de redes en listas y cargos no es una anécdota pintoresca: es un dispositivo. Cambia programas por personajes, gestión por puesta en escena, y empuja la democracia hacia el set. Lo que en los 90 se llamó “pizza con champagne” hoy se multiplica por pantallas, streams y trending topics.

Imaginemos la escena: un estudio con luces frías, panelistas calientes, una cortina musical que sube como si estuviera por entrar el ganador de un reality. La consigna no es “¿qué propone?”, sino “¿cuánto mide?”. No mide experiencia, ni equipos, ni capacidad de ejecución: mide conocimiento público, alcance, “engagement”. En esa escenografía, el Estado se parece menos a una maquinaria de políticas públicas y más a un escenario de variedades donde el poder busca su mejor reparto. La política —que debería ser conflicto de ideas, negociación, administración y control— se convierte en dramaturgia: una trama hecha de fotos, invitados, escándalos y apariciones. Lo que se vende no es un plan: es un personaje.

 

El salto de la pantalla a la boleta: el síntoma 2025

El fenómeno no es nuevo, pero en 2025 mostró un pico que lo vuelve imposible de disimular. El cierre de listas para las legislativas de ese año exhibió, otra vez, el pasaje directo del mundo mediático al electoral: figuras de televisión, redes, humor, deporte y farándula anotadas como candidaturas “sorpresa”. Distintos medios enumeraron nombres y distritos, con una característica en común: el capital principal no era una trayectoria de gestión, sino la penetración pública construida en otros escenarios.

El argumento de venta suele repetirse con tono de novedad: “la gente está harta de los políticos”, “hace falta aire fresco”, “al menos es alguien conocido”. La política, entonces, se ofrece como “antipolítica”: la misma promesa de outsider, pero con maquillaje de prime time. A veces se presenta como un gesto democratizador (“cualquiera puede”); otras, como picardía estratégica (“convoca votos”); y casi siempre, como un reemplazo: donde debería haber estructura, aparece carisma; donde debería haber equipo, aparece fama; donde debería haber plan, aparece relato.

El problema no es que una persona conocida se involucre. El problema es el método: cuando la popularidad se vuelve atajo sistemático para saltear la conversación incómoda sobre idoneidad, trayectoria y capacidades para gobernar.

Menem con los Rolling Stones en la quinta de Olivos.
Menem con los Rolling Stones en la quinta de Olivos.

Menemismo: la pasarela del poder y el poder como pasarela

Para entender la actualidad, hay que volver al molde. Los 90 no inventaron el vínculo entre política y espectáculo, pero lo convirtieron en estética de régimen. La frase “pizza con champagne” quedó como emblema cultural: mezcla de accesible y ostentoso, de lo popular y lo importado, de vitrina y contraste social. No era solo un menú: era una síntesis.

En el menemismo, la farándula no orbitaba alrededor del poder: formaba parte de su escenografía. La legitimación también se construía con fotos, invitaciones, presencia en programas, fiestas, acceso. Política como show y show como política: un intercambio de prestigios. La celebridad prestaba brillo; el poder devolvía proximidad, rumor, centralidad. Y esa alianza producía un efecto doble: seducía a la audiencia y anestesiaba el debate. El país podía discutir el peinado, la fiesta o el invitado, mientras quedaban en segundo plano los costos, los ganadores y los perdedores de las reformas.

La literatura académica sobre carisma mediático y populismo en los 90 ayuda a leer el mecanismo: el liderazgo se fortalece en el espacio público mediatizado, donde la imagen y la presencia desplazan al programa.

Hoy el decorado cambió: ya no manda solo la tapa brillante, también manda el clip recortado, la frase viral, el stream, el “momento” listo para circular. Pero el corazón de la operación es el mismo: legitimar poder con espectáculo, y volver al espectáculo un sustituto del control democrático.

Miguel del Sel, líder del trío Midachi fue embajador argentino.
Miguel del Sel, líder del trío Midachi fue embajador argentino.

El dispositivo: de la política como conflicto a la política como entretenimiento

La farandulización se vende como “color”, cuando en realidad funciona como arquitectura. Opera en capas:

Sustituye programa por personaje. La pregunta “¿qué va a hacer?” queda eclipsada por “¿quién es?”.

Cambia gestión por puesta en escena. Importa la performance, la escena, el golpe de efecto.

Premia visibilidad sobre idoneidad. La fama se transforma en mérito político por defecto.

Convierte la democracia en casting. El sistema de partidos deja de reclutar cuadros y pasa a “fichar” figuras.

Esto no es una metáfora exagerada: es lógica de mercado aplicada a la representación. Debord lo dijo antes de TikTok: en la “sociedad del espectáculo”, lo vivido se desplaza hacia la representación, y lo visible se impone como realidad dominante.

Si la política se comporta como industria cultural, entonces el candidato se vuelve producto y el ciudadano, consumidor. Pero la democracia no es una góndola: no se elige un packaging, se delega poder. Y cuando lo que se delega se decide por rating, lo que se pierde no es estética: es responsabilidad.

Nito Artaza (exsenador) y Scioli (gobernador, funcionario, etc.) humor y deporte en una sola foto.
Nito Artaza (exsenador) y Scioli (gobernador, funcionario, etc.) humor y deporte en una sola foto.

¿Qué pierde el país cuando gana el show? Valores, capacidad y control

La primera pérdida es íntima y a la vez institucional: la idea de servicio público. En la cultura del show, el centro es la figura; en la cultura republicana, el centro debería ser la función. El funcionario no “se expresa”: administra, decide, rinde cuentas, sostiene políticas con costos y prioridades. Esa gimnasia exige algo menos glamoroso que la fama: método, tolerancia al detalle, equipos, negociación, lectura normativa, auditoría.

Cuando la farandulización avanza, se degradan valores clave:

Idoneidad: el saber hacer reemplazado por el saber aparecer.

Programa: el plan reemplazado por el guion.

Institución: el cargo reemplazado por la marca personal.

Ética pública: el límite reemplazado por la “jugada” comunicacional.

La segunda pérdida es más silenciosa: se desarma la noción de rendición de cuentas. Porque el espectáculo tiene su propia justicia: el aplauso o el abucheo. Y esa justicia es volátil, emocional, manipulable. La evaluación democrática, en cambio, debería ser otra cosa: indicadores, presupuestos, ejecución, resultados, control parlamentario, auditorías.

La tercera pérdida es estratégica: se empobrece el debate. La agenda se llena de polémicas rápidas, peleas de panel, indignación en loop. Mario Riorda, especialista en comunicación política, viene advirtiendo sobre procesos de hiperpersonalización, tribalización y degradación del intercambio público, donde lo verificable pierde frente a lo rentable para el conflicto comunicacional.

 

La celebridad como blindaje: cuando el poder se disfraza de cercanía

La celebridad funciona como atajo emocional. Presta una sensación de intimidad: “lo conozco”, “lo vi”, “me hizo reír”, “me acompañó”. Esa familiaridad puede ser valiosa para acercar temas, sí; pero en manos del poder opera como blindaje: el gobierno se vuelve “simpático”, “humano”, “cercano”, aunque la política pública sea opaca o fallida.

La trampa es simple: confundir visibilidad con representatividad. Que alguien sea visto no significa que represente; que tenga seguidores no significa que tenga un proyecto; que sea famoso no lo vuelve competente. Y sin embargo, ese equívoco se explota porque es rentable. En vez de construir confianza con resultados, se intenta construir adhesión con presencia.

La ciencia política argentina viene estudiando liderazgos sin programa, procesos de personalización y transformaciones del espacio público mediatizado. En esa clave, la figura puede imponerse al contenido: liderazgo por imagen, promesa por presencia.

No es casual que el salto de celebridades a la boleta crezca cuando los partidos están debilitados: es el reemplazo perfecto. Allí donde antes había militancia, formación y escalera política, ahora hay scouting: “¿A quién conoce la gente?”. Y esa pregunta —tan publicitaria— es el certificado de defunción del ideal representativo.

Amalia Granata saltó a la fama por una noche con Robbie Williams.
Amalia Granata saltó a la fama por una noche con Robbie Williams.

El antecedente y la excusa: “Pero algunos sí trabajan”

Claro que existen casos donde una figura pública se toma la política en serio. El antecedente de celebridad → banca está a la vista, como el caso de Amalia Granata, que pasó del mundo mediático a la Legislatura de Santa Fe tras ser electa diputada provincial en 2019.

Ese ejemplo sirve para no caer en caricaturas: no es una condena automática por origen profesional. La democracia no debería prohibirle a nadie competir. El punto es otro: el origen no reemplaza las condiciones mínimas. Cuando la candidatura se decide por pantalla y no por capacidad, el país juega a la ruleta con la administración pública.

 

La conclusión que incomoda

La farandulización no es una “curiosidad” democrática: es una forma de degradación. No porque la cultura popular sea un enemigo —al contrario, es una riqueza—, sino porque el poder la usa para abaratar la política. Donde debería haber conflicto de ideas, instala pelea de panel. Donde debería haber control, instala empatía. Donde debería haber administración, instala actuación.

En los 90, el brillo era una fiesta televisada: “pizza con champagne” como postal de época. Hoy el brillo se democratizó en pantallas infinitas, pero la lógica se volvió más cruel: no hace falta gobernar bien si se puede narrar mejor; no hace falta explicar un presupuesto si se puede ganar un trending topic; no hace falta construir instituciones si alcanza con sostener personajes.

Y ese es el veredicto: cuando la democracia se convierte en casting, el Estado deja de ser herramienta de transformación y pasa a ser utilería. Lo que se elige ya no es un rumbo: es un reparto. Y un país no se administra con carisma prestado, ni se salva con cameos. Se gobierna con ideas, equipos, reglas y una ética que el espectáculo —por definición— no necesita. Por eso el final es demoledor: si la política se arrodilla ante la fama para sobrevivir, no está renovándose: está confesando su vaciamiento.

 

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