“Tanto la exhibición de la intimidad como la espectacularización de la personalidad, esos dos fenómenos que hoy proliferan como los dos lados de una misma moneda, denotan cierto desplazamiento de los ejes alrededor de los cuales se construían las subjetividades modernas. Se nota un abandono de aquel locus interior hacia una gradual exteriorización del yo…”
Es lo que nos dice Paula Sibilia en su libro “La intimidad como espectáculo” del año 2008. En aquellos momentos estaba el furor de los blogs, los videologs, fotologs, después metroflogs y así mutaron a lo que serían llamadas las redes sociales, con la aparición de Facebook y luego Instagram. Ya en aquellos años, la internet había planteado la vinculación entre los llamados “internautas” y se estaba comenzando a hablar del concepto de “prosumidor”, combinación entre “productor” y “consumidor” que se construyó con la irrupción de todos estos sitios donde la gente “creaba” y consumía eso mismo. Es decir, consumía lo que producían otros que consumían también. Y así el círculo “vicioso”, o “virtuoso”, depende de los intereses.
Pasaron 17 años de aquel escrito que nos dejó Sibilia, pero sus conceptos volcados no están muy alejados de lo que hoy sucede. Solamente que podrían agregarse muchos elementos más. Ya se hablaba también de los límites difusos entre la vida privada y la vida pública, y una idea interesante: el “yo” como “mercancía”. Puesto a que los famosos, celebridades o estos cibernautas comenzaban —y hoy más que nunca— a poner en vidriera de la red de redes sus vidas, como cuales productos de intercambio. Y eso no es más que una “mercancía” y el “mercado” hoy son las redes sociales. Dicho esto, esta temática está abordada a través de tres series que me parece interesante hacer mención: “En el barro” (por Netflix), “Viudas negras” (por Max) y “Porno y helado” (por Amazon).
La mercancía
Tanto las tres series que se pueden ver ya por estas plataformas, como el fenómeno de las redes sociales y su irrupción en la vida cotidiana. Tanta es su presencia que gran parte de la sociedad pareciera que está sumida en el tren de “mostrar” su vida, su intimidad y “mostrarse” para otros. Eso plantea un negocio que se aggiorna a los tiempos que corren, pero que tiene raíces milenarias. La esclavitud humana data de hace miles de años, en la era de las colonias fue uno de los negocios más rentables. Bueno, el éxito de las redes sociales con Facebook e Instagram a la cabeza allá por el inicio de los años 2010 en adelante, se basó justamente en el intercambio de publicaciones de “vidas privadas” de usuarios “X” que eran consumidos por otros usuarios “X”. Hoy los llamados “influencers” serían como los “mentores” o referentes de esos “usuarios X”. Los no famosos que son seguidos por millones de usuarios.
Un desfile de vidas privadas que rinde mucho más que cualquier otra publicidad en el mundo. Y sobre eso, plantean sus miradas diferentes estas tres series.
“En el barro” se basa en un grupo de nuevas reclusas liderado por Gladys Guerra de Borges (viuda del personaje de Mario Borges, que fue eje en la serie El Marginal), que ingresan al penal de La Quebrada. Allí deben enfrentarse al difícil reto de tratar de adaptarse a un lugar hostil, con bandos ya consolidados y fuertes personajes que buscarán desestabilizarlas. Como parte de una red de diferentes negocios “oscuros”, se encuentra la trata de bebés y la generación de contenido para adultos a través de plataformas en internet, desde las mismas celdas. Sí, un grupo de reclusas factura millones para vender videos y fotos, además de chats y conversaciones virtuales, con usuarios que buscan verlas en su intimidad más explícita. Ellas son la “mercancía”.
Por otro lado, en la serie “Viudas negras”, el título hace referencia a cómo se hacen llamar estas mujeres que buscan y concretan citas como acompañantes íntimas, seducen a sus víctimas, los sedan y duermen, para robarles. Toda esa modalidad, esa vida oculta, la manejaron por medio de las redes sociales. Años después, esas mismas redes sociales y dispositivos tecnológicos sirven para mantenerlas en vilo por la amenaza de hacer público ante el mundo eso que buscaron ocultar.
Y en tercer lugar, la historia de “Porno y helado” muestra cómo un grupo de amigos jóvenes son influenciados fuertemente por las redes sociales, los medios de comunicación y los dispositivos tecnológicos, generando nuevas culturas, nuevos modos de sentirse parte de grupos y de la sociedad y, sobre todo, generando nuevas “modalidades” de vincularse. Planteando que dichas tecnologías han logrado —y siguen haciéndolo— marcar fuertemente la vida cotidiana de las personas. El mismo nombre de la serie plantea una combinación hasta graciosa, absurda pero real. El consumo de contenido explícito para adultos junto al consumo de un alimento que es propio de la industria más redituable.
Entonces, los conceptos son claros y concisos, pero duros: el consumo ha crecido tanto, que hoy nos hemos vuelto —quizás— consumidores de la vida de otras personas y de hasta las mismas personas, en vivo y en directo.
“Me parece indispensable decir quién soy yo…” cita Paula Sibilita a Nietzsche en su libro “La intimidad como espectáculo”. Y con eso abre toda una reflexión, análisis e investigación alrededor de las personas que ponen su intimidad en la vidriera de los medios de comunicación. Primero se formaron las comunidades en blogs, luego los chats en el famoso Messenger, sitios como Taringa, donde los usuarios se ponían “nombres” ficticios que generaban una red de “anónimos” que luego fue hasta peligroso. Así con el tiempo, las redes sociales tomaron la fuerza que hoy tienen, tanto que en el presente son herramientas fundamentales para que grandes, multinacionales analicen y estudien el comportamiento, las tendencias y los gustos de las personas, para tratar de “manipular” su consumo. Y esto pueda enriquecerlos aún más. Es parte del mismo mundo donde las mismas personas ponen a disposición del mercado ya no solamente su intimidad, sino hasta sus pensamientos.