Por Paula Cussa Litvak

Licenciada en Psicología (MP 956)

Hay una escena que se repite a diario en los consultorios de salud mental: personas que lo tienen "todo" (empleo, estabilidad, proyectos), pero que llegan vacías, colapsadas, con el cuerpo al límite. No hay un virus biológico detrás de este derrumbe, sino un imperativo cultural que opera con la precisión de una maquinaria pesada. Hablamos del burnout o el síndrome del trabajador quemado, pero reducirlo a un problema estrictamente laboral lo veo como un error de diagnóstico. Lo que hoy llamamos burnout no es más que el síntoma social de una época que convirtió el rendimiento en una religión, en un modo de vida.

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Vivimos bajo el mandato de una falsa promesa contemporánea: el famoso "querer es poder". La cultura del éxito individual nos convenció de que somos los únicos arquitectos de nuestro destino, los gerentes absolutos de nuestra propia vida y felicidad. Si te va bien, es por tu mérito; si te va mal, o si simplemente te cansas, la culpa es exclusivamente tuya por no haber tenido la resiliencia suficiente, por no organizarte bien o por no "manifestar" la energía correcta.

Este fenómeno desnuda la tiranía de un superyó hiperdemandante. A diferencia de las épocas donde la represión marcaba el límite de lo prohibido ("no hagas esto"), el mandato actual es inversamente proporcional: un "¡producí más, disfrutá más, optimizate, sé tu mejor versión!" constante y sin fisuras. El problema es que el psiquismo humano no es una empresa ni una línea de montaje infinita. Tiene límites, alberga contradicciones y, sobre todo, habita la falta.

Cuando el sujeto intenta suturar esa falta a fuerza de pura productividad, el cuerpo y la mente hacen lo único que pueden hacer para frenar la maquinaria: colapsar, a través de distintos síntomas como el insomnio, la ansiedad, la apatía y el desgano profundo.

Lo más trágico de este malestar es su extrema soledad. En el centro del burnout no hay un otro con quien compartir la angustia o construir un lazo, sino un aislamiento narcisista donde el sujeto se devora a sí mismo intentando alcanzar un ideal imposible. Nos han hecho creer que la vulnerabilidad es un defecto y que detenerse está prohibido.

Quizás sea hora de empezar a pensar que el agotamiento masivo no es una acumulación de fracasos individuales, sino el resultado lógico de un sistema que nos exprime. Desplazar la pregunta de "¿qué hice mal para estar tan cansado?" a "¿qué clase de época nos exige este nivel de entrega?" es el paso necesario para dejar de patinar sobre el mismo lugar. A veces, el acto más revolucionario que un sujeto puede permitirse no es rendir al máximo, sino aprender a frenar, reconocer su finitud y aceptar que no vinimos a este mundo a ser máquinas de producir, sino humanos atravesados por el deseo y, también, por el cansancio.