Por Paula Cussa Litvak
Licenciada en Psicología
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Hay una violencia silenciosa que se cuela en los pliegues de la vida cotidiana, una que no siempre deja marcas visibles en la piel, pero que opera con precisión quirúrgica en el territorio de la subjetividad. Se trata de los estereotipos de género, esos moldes rígidos y heredados que la cultura nos impone desde antes de nacer, a veces con un color de ropa, a veces con un mandato de conducta y que pretenden encorsetar la compleja deriva del deseo humano. Cuando el molde no entra, el sujeto se rompe intentando forzarse a encajar.
La identidad no es una esencia predeterminada, sino una construcción, singular y en constante movimiento. Sin embargo, el discurso social insiste en transmutar esa plasticidad en mandatos innegociables. A los varones se les exige una fortaleza inquebrantable, la represión sistemática de la ternura y la obligatoriedad del éxito económico como medida de su virilidad, transformando la vulnerabilidad en una falta imperdonable. A las mujeres, en tanto, se las empuja históricamente hacia la abnegación, el cuidado perpetuo de los otros, la complacencia estética y la culpa crónica si deciden priorizar su propio recorrido subjetivo.
El daño radica en que exista una exigencia de esa internalización como un destino inexorable. Cuando un varón no puede registrar su propia angustia sin sentir que su masculinidad se derrumba, o cuando una mujer queda atrapada en el mandato de ser el sostén emocional de todos a costa de su propia salud psíquica. El estereotipo actúa como un corsé: promete sostener, pero en realidad asfixia.
Lo trágico de este funcionamiento es que el sujeto suele cargar con el peso de ese fracaso en soledad. Si no encaja en el ideal normativo, experimenta una profunda vergüenza, como si la imposibilidad de cumplir con el libreto de género fuera una falla de su propia individualidad y no el resultado de una estructura social asfixiante. El síntoma, ya sea en forma de depresión, trastornos alimentarios, violencia o crisis de angustia, aparece allí donde la identidad se petrifica y el deseo queda prisionero de lo que "se espera" que uno sea.
Desarmar este malestar exige un trabajo analítico y socio-político. Dejar de patinar sobre la culpa de no ser lo suficientemente hombre o lo suficientemente mujer, para empezar a cuestionar los mandatos que nos tallaron a fuerza de exigencias. La salud mental no consiste en pulir los bordes para encajar mejor en el molde preestablecido, sino en poder romperlo para habitar una identidad más hospitalaria con la propia verdad. Al fin y al cabo, una vida vivible es aquella donde el sujeto logra emanciparse de los libretos ajenos para empezar a escribir, con todas sus marcas y contradicciones, su propio deseo e identidad.




















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