Sí, el Festival Nacional de la Salamanca fue cancelado una vez más por la gestión del ingeniero Roger Nediani. Y la noticia no llega sola: en las mismas fechas en que históricamente ardía el “Jacinto Piedra”, aparece un evento nuevo —“Añoranza Santiagueña”— con sede en el Nodo Tecnológico y con un dato que enciende preguntas: su productor es Pancho Cáceres, nombre ligado desde hace años a la cocina artística y organizativa de la Salamanca.
La Banda, la “Cuna de Poetas y Cantores”, se queda sin folklore en febrero. Se queda sin su festival emblema, el que nació para ser de la comunidad y también para la economía popular que lo rodeaba: puesteros, emprendedores, instituciones, clubes, centros vecinales.
Diciembre 2025: El “anhelo” y la promesa de anuncio
Lo más áspero de este tercer año sin Salamanca no es solo la ausencia: es el contraste con lo dicho hace apenas un mes.
En diciembre de 2025, el intendente Roger Nediani alimentó expectativas: habló de “conversaciones”, de “anhelo de retornar” y de una definición que podía llegar “a fines de diciembre”. Incluso puso sobre la mesa el debate del escenario: Club Sarmiento (la casa histórica) o Nodo Tecnológico (la mudanza).
También, en ese mismo clima de rumores, Nediani negó que la Salamanca fuera a privatizarse, afirmando que es patrimonio municipal.
Y sin embargo, enero arranca con otro mapa: la Salamanca no se hace, y lo que ocupa su lugar (por fechas, por formato, por cartelera apuntada al mismo público) no se llama Salamanca.
“Añoranza santiagueña”: ¿reemplazo, continuidad o cambio de dueño simbólico?
“Añoranza Santiagueña” se anuncia para el 7 y 8 de febrero en el Nodo Tecnológico. Hasta ahí, podría ser “una alternativa cultural”, como la presentan algunos medios.
El problema político y cultural empieza cuando la alternativa no aparece al costado, sino en el lugar vacío de la Salamanca: “nace un nuevo evento… para ocupar la ausencia” y “reemplazar” al festival tradicional.
Y ahí entra el nombre propio: Pancho Cáceres. En la cobertura del anuncio, aparece como productor del nuevo festival y explicando su origen.
Pero Cáceres no es un recién llegado al “mundo Salamanca”: ya en 2010 era mencionado como responsable de la parte artística del festival, y en años anteriores figura ligado a la programación.
Entonces la pregunta que se escucha en voz baja —y que hoy merece escribirse en voz alta— no es si habrá folklore en febrero. La pregunta es otra:
¿Se “apagó” la Salamanca o se la reemplazó por un producto nuevo, con otro nombre, otro esquema y —posiblemente— otros beneficiarios?
Nediani había negado privatización. Bien. Pero cuando un festival municipal no se hace y, en simultáneo, aparece un evento nuevo que ocupa su fecha, su público y su mística, la duda no es malicia: es método periodístico.
Lo que se pierde no es solo un escenario: es un contrato social
La Salamanca nació como festival comunitario. La historia más citada de sus orígenes es clara: idea en 1991, concreción en 1992, primera edición en el Club Sarmiento, con participación masiva de instituciones y organizaciones que trabajaban para recaudar fondos. Era espectáculo, sí; pero también trama social.
Ese ADN importa porque marca la vara de lo “bandeño”: no lo define solo la grilla, lo define el para quién y el con quién.
Por eso el golpe del tercer año sin Salamanca no se mide únicamente en entradas que no se venden o turistas que no llegan. Se mide en el corte de una tradición que funcionaba como economía circular: puestos, feriantes, emprendedores, organizaciones, familias enteras sosteniendo febrero como temporada alta.
¿100% bandeño?
La pregunta que incomoda es política, no folklórica:
¿Se puede denominar “100% bandeño” a un intendente que deja a La Banda sin su Festival Nacional?
Porque si el resultado final es este —Salamanca afuera, “Añoranza” adentro—, la gestión puede intentar explicarlo con crisis, costos o “prioridades”. Todo eso es discutible.
Pero hay un dato que no se discute: el símbolo cambió de manos. No necesariamente por privatización formal (que el intendente niega), pero sí por algo a veces más profundo: la privatización del sentido.
Y cuando un gobierno local permite que el evento que definía a la ciudad sea reemplazado por otro con marca nueva, sede nueva y relato nuevo, lo que se cancela no es solo un festival: se cancela un derecho cultural con sello propio.
Y cuando una ciudad pierde el nombre de su fiesta mayor, empieza a perder —también— la autoridad sobre su identidad.