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Opinión Informe exclusivo

Salamanca cancelada, “Añoranza” en marcha: ¿quién se queda con el febrero bandeño?

El martes 6 de enero de 2026 (Día de Reyes) trajo una confirmación que duele en La Banda: no habrá Festival Nacional de la Salamanca por tercer año consecutivo.

Xavier María Ferrera Peña

Por Xavier María Ferrera Peña

Sí, el Festival Nacional de la Salamanca fue cancelado una vez más por la gestión del ingeniero Roger Nediani. Y la noticia no llega sola: en las mismas fechas en que históricamente ardía el “Jacinto Piedra”, aparece un evento nuevo —“Añoranza Santiagueña”— con sede en el Nodo Tecnológico y con un dato que enciende preguntas: su productor es Pancho Cáceres, nombre ligado desde hace años a la cocina artística y organizativa de la Salamanca.

La Banda, la “Cuna de Poetas y Cantores”, se queda sin folklore en febrero. Se queda sin su festival emblema, el que nació para ser de la comunidad y también para la economía popular que lo rodeaba: puesteros, emprendedores, instituciones, clubes, centros vecinales.

 

Diciembre 2025: El “anhelo” y la promesa de anuncio

Lo más áspero de este tercer año sin Salamanca no es solo la ausencia: es el contraste con lo dicho hace apenas un mes.

En diciembre de 2025, el intendente Roger Nediani alimentó expectativas: habló de “conversaciones”, de “anhelo de retornar” y de una definición que podía llegar “a fines de diciembre”. Incluso puso sobre la mesa el debate del escenario: Club Sarmiento (la casa histórica) o Nodo Tecnológico (la mudanza).

También, en ese mismo clima de rumores, Nediani negó que la Salamanca fuera a privatizarse, afirmando que es patrimonio municipal.

Y sin embargo, enero arranca con otro mapa: la Salamanca no se hace, y lo que ocupa su lugar (por fechas, por formato, por cartelera apuntada al mismo público) no se llama Salamanca.

“Añoranza santiagueña”: ¿reemplazo, continuidad o cambio de dueño simbólico?

“Añoranza Santiagueña” se anuncia para el 7 y 8 de febrero en el Nodo Tecnológico. Hasta ahí, podría ser “una alternativa cultural”, como la presentan algunos medios.

El problema político y cultural empieza cuando la alternativa no aparece al costado, sino en el lugar vacío de la Salamanca: “nace un nuevo evento… para ocupar la ausencia” y “reemplazar” al festival tradicional.

Y ahí entra el nombre propio: Pancho Cáceres. En la cobertura del anuncio, aparece como productor del nuevo festival y explicando su origen.

Pero Cáceres no es un recién llegado al “mundo Salamanca”: ya en 2010 era mencionado como responsable de la parte artística del festival, y en años anteriores figura ligado a la programación.

Entonces la pregunta que se escucha en voz baja —y que hoy merece escribirse en voz alta— no es si habrá folklore en febrero. La pregunta es otra:

¿Se “apagó” la Salamanca o se la reemplazó por un producto nuevo, con otro nombre, otro esquema y —posiblemente— otros beneficiarios?

Nediani había negado privatización. Bien. Pero cuando un festival municipal no se hace y, en simultáneo, aparece un evento nuevo que ocupa su fecha, su público y su mística, la duda no es malicia: es método periodístico.

 

Lo que se pierde no es solo un escenario: es un contrato social

La Salamanca nació como festival comunitario. La historia más citada de sus orígenes es clara: idea en 1991, concreción en 1992, primera edición en el Club Sarmiento, con participación masiva de instituciones y organizaciones que trabajaban para recaudar fondos. Era espectáculo, sí; pero también trama social.

Ese ADN importa porque marca la vara de lo “bandeño”: no lo define solo la grilla, lo define el para quién y el con quién.

Por eso el golpe del tercer año sin Salamanca no se mide únicamente en entradas que no se venden o turistas que no llegan. Se mide en el corte de una tradición que funcionaba como economía circular: puestos, feriantes, emprendedores, organizaciones, familias enteras sosteniendo febrero como temporada alta.

 

¿100% bandeño?

La pregunta que incomoda es política, no folklórica:

¿Se puede denominar “100% bandeño” a un intendente que deja a La Banda sin su Festival Nacional?

Porque si el resultado final es este —Salamanca afuera, “Añoranza” adentro—, la gestión puede intentar explicarlo con crisis, costos o “prioridades”. Todo eso es discutible.

Pero hay un dato que no se discute: el símbolo cambió de manos. No necesariamente por privatización formal (que el intendente niega), pero sí por algo a veces más profundo: la privatización del sentido.

Y cuando un gobierno local permite que el evento que definía a la ciudad sea reemplazado por otro con marca nueva, sede nueva y relato nuevo, lo que se cancela no es solo un festival: se cancela un derecho cultural con sello propio.

Y cuando una ciudad pierde el nombre de su fiesta mayor, empieza a perder —también— la autoridad sobre su identidad.

Festival de la Salamanca Roger Nediani Añoranza Santiagueña
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