Hay una frase que se repite en comercios, obras, cocinas, repartos y casas particulares: “Trabajo todo el día y no llego”. No es un eslogan: es un cambio de época. En Argentina, cada vez más gente tiene empleo, pero aun así queda atrapada en la pobreza o al borde de ella.
Cifras clave (para dimensionar)
En el 3° trimestre de 2025, la desocupación fue 6,6% y el empleo 45,4% (31 aglomerados, EPH).
La subocupación (trabajar menos de 35 horas y querer más) fue 10,9% de la PEA.
La presión sobre el mercado laboral (desocupados + ocupados que buscan más trabajo/horas) llegó a 28,7%.
La informalidad trepó a 43,3% en el 3° trimestre de 2025.
Entre asalariados, el ingreso promedio con aportes fue $1.181.649 vs $571.607 sin aportes (3° trim 2025).
En el 4T 2024, el 28% de los trabajadores vivía en un hogar pobre; subía al 45% entre informales (y bajaba al 17% entre formales).
Estimaciones basadas en EPH: 2,4 millones tienen más de un empleo y cerca del 30% realiza sobrejornadas (más de 45 horas semanales).
“Ocupados pobres” por región (2024): Total 29,9%; NOA 24,8%; NEA 41,4% (entre las más altas).
Más trabajo… ¿Y menos vida? Las horas como síntoma
Cuando el salario no alcanza, la variable que se estira es el tiempo. La EPH define “sobreocupados” a quienes trabajan más de 45 horas semanales, y “subocupados” a quienes trabajan menos de 35 y quieren sumar horas. En la práctica, ambos extremos pueden convivir en un mismo hogar: alguien con jornadas larguísimas y otro que busca sumar horas donde sea.
El dato duro detrás del relato es inquietante: con salarios licuados y canastas en tensión, crece el segmento que intenta compensar por cantidad de horas lo que no consigue por valor del salario.
Multiempleo: Dos trabajos, una sola pobreza
El multiempleo dejó de ser excepción. Según un informe del IPYPP basado en EPH, 2,4 millones de personas ya tienen más de un empleo, y la última medición de 2024 marcó un récord de la serie. ¿Por qué? Porque tener un empleo no siempre garantiza sostener el mes.
Esto también se ve en la “presión” laboral: en 3T 2025, 16,1% eran ocupados demandantes de empleo (gente que ya trabaja pero busca otro trabajo). Es el mercado diciendo, sin metáforas: un trabajo no alcanza.
Changa + sueldo: El nuevo combo estándar
El “trabajo pobre” suele armarse como un rompecabezas: un sueldo formal (a veces parcial), más horas extra, más venta informal, más reparto, más cuidado, más “hago esto los fines de semana”. No es solo economía gig: es economía de supervivencia.
Y hay un factor que acelera: la informalidad. En 3T 2025, la tasa de informalidad fue 43,3%. En ese universo, el ingreso y la estabilidad suelen ser más frágiles. En promedio, los asalariados sin descuento jubilatorio registraron $571.607, muy por debajo del promedio con aportes ($1.181.649). Esa brecha empuja a “completar” por fuera del empleo principal.
¿Qué rubros quedan más expuestos?
Dos pistas ayudan a entenderlo sin caer en eslóganes:
Donde hay más informalidad, suele haber más “trabajador pobre”. En 4T 2024, el 45% de los trabajadores informales vivía en hogares pobres (vs. 17% de formales).
La pobreza laboral es masiva y federal: en 2024, el indicador de “ocupados pobres” fue 29,9% total, con diferencias regionales fuertes (NOA 24,8%; NEA 41,4%).
En el territorio, este fenómeno suele concentrarse en ocupaciones donde se combinan salarios bajos, jornadas partidas, alta rotación y/o registro débil (para documentarlo localmente: gastronomía, comercio minorista, servicios personales, cuidados, construcción por obra, casas particulares, repartos y cuentapropismo de baja escala).
Jóvenes y mujeres: doble presión
En el 3T de 2025, la tasa de actividad de varones fue 70,1% vs. 52,6% en mujeres; y la desocupación fue 7,4% en mujeres vs. 5,9% en varones. Traducido: más barreras para entrar, sostenerse y progresar.
En ingresos, la brecha también aparece: En el 3T 2025, el ingreso promedio individual fue de $1.153.171 en varones vs. $838.924 en mujeres. Súmale la carga de cuidados (no remunerada) y se entiende por qué, en muchos hogares, la salida es el trabajo fragmentado: horarios imposibles, “changas” por bloques y multiempleo intermitente.
Estrategias para aguantar (cuando el sueldo no llega)
En la calle, las estrategias suelen repetirse con distintos nombres:
Estirar horas (doblar turnos, sumar fines de semana).
Sumar un segundo ingreso (pluriempleo).
Changa fija (venta, oficios, cuidado, reparto).
Ajuste del consumo (menos carne, menos salidas, segundas marcas).
Redes familiares (apoyo de padres/abuelos, “vaquita”, compras comunitarias).
Deuda (fiado, tarjeta, prestamistas informales, apps).
Mudanza laboral (pasar de salario a “factura”: monotributo, servicios por cuenta).
Qué dicen los números cuando se los cruza con la canasta
Una forma de mostrar la tensión “trabajo vs. pobreza” es comparar salario con canasta. Un informe de CEPA estimó que en junio de 2025 la mediana salarial del sector privado registrado alcanzó 96,9% de la CBT (hogar tipo 2), tras tocar un piso de 74,1% en la serie.
Ojo metodológico: un salario individual vs. una canasta familiar no es comparación perfecta (y el propio informe lo aclara), pero sirve para el titular de época: muchos salarios, incluso formales, se quedan “cerca” de la línea.
Conclusión: El trabajo ya no “salva”, apenas sostiene
El fenómeno que crece no es solo la pobreza: es la pobreza con empleo. Trabajar dejó de ser garantía y pasó a ser condición mínima para no caer más. Lo que antes era “progreso” hoy es “aguante”: más horas, más empleos, más rebusque… y la misma heladera.
Qué mirar en los próximos meses:
Si baja (o no) la presión laboral (ocupados que buscan otro empleo).
Si retrocede la informalidad o se consolida arriba del 40%.
Si el salario mediano vuelve a superar canastas (y por cuánto).