¿Hasta qué punto la dirigencia de la oposición argentina es consciente de que la convergencia entre el neopentecostalismo y la Casa Rosada responde a una afinidad ideológica? ¿Acaso se comenzarás a tomar cartas en el asunto, tal como lo hizo Lula en Brasil al advertir los riesgos de dejar el campo religioso a merced de la extrema derecha? Como siempre advertimos, el problema no es la presencia de lo religioso o lo teológico en la política; el riesgo real emerge cuando hay carencia de justicia social. ¿Habrá entonces inteligencia y creatividad para configurar un campo religioso progresista? No se puede caer en la infantilización escatológica de esperar que la llegada de León XIV resuelva o incline por milagro a un electorado que todavía no ve una oposición.
En la inauguración del templo, Milei expresó que «en los próximos días tendremos el honor de recibir al Papa León XIV», y cerró su alocución marcando un posicionamiento tajante: «una buena oportunidad para reflexionar sobre los valores judeocristianos que hemos decidido defender». No fue un detalle menor que subrayara los 40 años transcurridos desde la última visita papal, apelando a una cifra bíblica de alta densidad simbólica. En la tradición del Éxodo, los 40 años del pueblo de Israel en el desierto representan el tiempo de purificación necesario para que la generación moldeada en la esclavitud dé paso a una nueva generación libre —el parangón implícito con la narrativa de La Libertad Avanza.
Sin embargo, detrás de esta retórica de emancipación, el discurso deja entrever el mito fundacional del Génesis: la expulsión del Paraíso a través del castigo, el sacrificio y el «ganarás el pan con el sudor de tu frente». El «fruto prohibido» que desencadenó la caída no es otro que el Estado de bienestar: los derechos adquiridos, el salario digno, las jubilaciones y la contención a la discapacidad…
Estamos presenciando el diseño sutil de un nuevo contrapoder institucional en la Argentina. La trama que vincula a la cúpula evangélica con el proyecto libertario adquiere una dimensión analítica profunda al observar la figura del pastor Hugo Márquez —anfitrión y referente del templo «Jesús es Rey»—, cuya posición estratégica sugiere una cuidada articulación de influencia.
Márquez es presidente de la CEBA (Confederación Evangélica Bautista Argentina) y vicepresidente de ACIERA (Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina), desde donde articula una vasta red territorial capaz de disputar la hegemonía social y la contención comunitaria a los actores tradicionales. Esto se constituye en una correa partidaria clave: no se puede ser ingenuo ante la conexión política. La banca de su hija, Nadia Márquez, como Senadora por La Libertad Avanza, representa una vía directa de representación legislativa e influencia normativa.
Ante esta avanzada teológico-política, la oposición y la militancia no pueden limitarse al diagnóstico pasivo ni al desdén secular. Resulta urgente advertir que el territorio religioso no es un terreno neutral, sino un campo de batalla simbólico donde se disputan el sentido de la vida, la solidaridad y la dignidad humana. En este punto, no podemos quedarnos contemplando ni aplaudiendo lo que hizo Lula en Brasil como si fuera un milagro fortuito: lo suyo fue estrategia territorial, alianzas con el campo religioso, comunicación capilar y disputa real de contenidos.
Dejó en claro que, sin embargo, la brújula debe mantenerse firme: es la política la que siempre tiene la responsabilidad de conducir y resolver los problemas materiales de la comunidad. Disputar el campo teológico-político exige abandonar la condescendencia para salir al encuentro de esa espiritualidad popular, demostrando que la fe no puede ser el anestésico del ajuste, sino un insumo ético al servicio de una praxis transformadora, la liberación colectiva y la justicia social.
Por Diego Ramos
Politólogo



















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